Darío Balvidares

Artículos

El presidente proclamado, Javier Milei, está en momentos de definición sobre los nombres propios de su gabinete, que oscilan dentro del arco neoliberal desde la derecha hasta la ultraderecha negacionista y filogolpista.

Estamos atravesando tiempos de pocas preguntas y de respuestas tecnocráticas, la economía domina el centro de la escena discursiva de las pantallas y los portales informativos, entretanto alguien vino a representar lo monstruoso que no estaba derrotado, sino agazapado.

Recuperar los conceptos de educación común, pública, gratuita y científica es imprescindible para poder hablar de derechos efectivos y no en el terreno de algunos enunciados vacíos a la hora de los discursos de campaña.

El ministro de economía y candidato presidencial, Sergio Massa, lanzó el “Nuevo Proyecto de Ley de Financiamiento Educativo”, que hace dos días ingresó formalmente a la comisión de Educación de la Cámara de Diputados de la Nación a la que asistió el responsable del área, Jaime Perczyk, para hacer la presentación frente a lxs legisladorxs.

Otra vez la docencia como faro en la lucha por la educación pública, con todo lo que eso implica contra el poder político y corporativo que solo ensaya formas de desposesión.

Algo hay de seguro, al igual que con el FMI, se cumple; con el modelo educativo, también. Gane quien gane, es más fácil ser una agencia pensada en las casas centrales de los organismos internacionales que pensar qué políticas para qué educación y fundamentalmente, para qué país.

A nadie se le escapa el rol de soporte que representó la tecnología en la época dura de la pandemia, especialmente en la centralidad vincular entre docentes y estudiantes, al mismo tiempo que mostró la escasa inversión realizada por los gobiernos (nacional y provinciales) en términos de conectividad, lo que evidenció también, la desigualdad.

Un paradigma embriagado en las lógicas instrumentales de la eficiencia motoriza su marcha hacia el objetivo de la performatividad económica de lxs estudiantes, lo que se traduce en la construcción de sujetos empleables como finalidad última de la educación escolar.

No hay demasiados lugares de la producción simbólica que hayan sido tan desacreditados como la escuela y, específicamente, sus docentes. Pero, al mismo tiempo, no hay resquicio que no haya sido contaminado por la “innovación” capitalista y su cultura neoliberal.

El oficialismo, autopercibido progresista, continúa con sus políticas formuladas en los organismos internacionales, tomando créditos sujetos a la educación por resultados; la derecha fascistoide, también abreva en las mismas aguas servidas de esas instituciones globales.

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