La historia es circular y a veces basta un solo hecho para revisar cientos de años. La votación en la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre los crímenes de la esclavitud es uno de ellos, ya que no solo reconoció la magnitud de la esclavitud atlántica sino que expuso las bases materiales sobre las que se construyó el poder occidental. En la negativa y la abstención de las potencias aparece con claridad el límite del reconocimiento: la memoria es tolerable, la reparación no.