Hace ya quince años que Libia ha dejado de existir. El que fue el país más desarrollado del continente, tras 42 años de los continuos esfuerzos del gobierno del coronel Muammar Gadafi, se consumió en unos pocos meses tras una operación conocida como Primavera Árabe, pergeñada por el Departamento de Estado y ejecutada por Naciones Unidas, la OTAN, la Unión Europea y las monarquías del Golfo, que financiaron miles de mercenarios que se encargaron de sumir a esa nación en lo que es hoy, un engendro incalificable con dos cabezas, Trípoli y Benghazi, y un solo corazón: el petróleo.