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Paraguay, la regresión autoritaria

Fuentes: Rebelión

Decían por ahí que un fascista es un burgués asustado. Nada más apropiado para definir lo que viene pasando en Paraguay desde el triunfo de Fernando Lugo en el 2008, y que eclosionó en las elecciones del domingo pasado, que dio por ganador al ultraderechista Horacio Cartes. Lugo, que no hizo grandes cosas durante su […]

Decían por ahí que un fascista es un burgués asustado. Nada más apropiado para definir lo que viene pasando en Paraguay desde el triunfo de Fernando Lugo en el 2008, y que eclosionó en las elecciones del domingo pasado, que dio por ganador al ultraderechista Horacio Cartes.

Lugo, que no hizo grandes cosas durante su mandato, cometió el ignominioso pecado de dar protagonismo a la izquierda, en un país extremadamente conservador, donde hasta la propia izquierda es anticomunista. La osadía le costó muy caro al ex obispo. El simple gesto de permitir la participación de sectores largamente postergados, alertó a la burguesía más retrógrada del continente, que orquestó la matanza de Curuguaty, antesala del golpe que destituyó a Lugo en junio pasado. El principal sospechoso de estar involucrado en los hechos e impulsar el juicio político de Lugo, hoy es presidente electo del Paraguay.

El partido colorado se impuso con el 46% de los votos, y tendrá mayoría propia en la cámara de diputados. Pero, la centroizquierda consiguió siete bancas en el senado (Frente Guasú que candidató a Lugo como primer senador y Avanza País), convirtiéndose en una frágil tercera fuerza política, con el 15% de los votos. La fiesta burguesa no es completa.

Después del abreviado gobierno luguista, al Paraguay le espera cinco años de duro conservadurismo neoliberal de la mano de Horacio Cartes, un multimillonario converso a político hace apenas tres años. Este señor, que prohíbe el funcionamiento de sindicatos en sus 26 empresas, ya anunció que no habrá impuesto a la exportación ni a la renta durante su gobierno. Es decir, los agroexportadores, que desplazan al campesinado pobre del campo, y alimentan anualmente a unos 60 millones en el mundo, seguirán enriqueciéndose sin pagar tributos al país. En el proyecto cartista, el Estado se mantendrá solamente con el impuesto al valor agregado, que como se sabe paga el consumidor final. En otras palabras, los pobres seguirán subvencionando a los ricos por un lustro más.

Este periodo que se inaugura sigue siendo de acumulación de fuerzas, y la izquierda tiene la responsabilidad (y oportunidad) de construir el tercer espacio, lo cual significa acordar la unidad (FG y AP) sobre un proyecto estratégico común para las venideras elecciones, y establecer alianzas tácticas con sectores más afines en el parlamento, creando una «Bancada Progresista», que intente contrapesar al bipartidismo, en los próximos cinco difíciles años de severo capitalismo, que proclama el nuevo gobierno.

Los votos no fueron suficientes para la izquierda, pero los cambios no sólo se hacen con votos y acuerdos intraparlamentarios, las verdaderas transformaciones se hacen justamente fuera del parlamento: en la calle.

Una tarea pendiente para una izquierda todavía muy apegada a los cánones centralistas de la capital, desde donde todo se resuelve y ordena, es ganar las calles. No tiene otra, si quiere reencausar el proceso de cambio iniciado en abril del 2008 y abortado por el golpe parlamentario, que sirvió para legitimar a un sospechoso presidente, tan sospechoso como la matanza de Curuguaty y la muerte de Lino Oviedo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.