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La Amazonía se quema por igual con dirigentes de derecha y de izquierda

¿Puede Latinoamérica rechazar el petróleo, la ganadería y la minería?

Fuentes: The Intercept

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Incendio en Charagua, Bolivia, cerca de la frontera con Paraguay el29 agosto 2019 (Foto: AizarRaldes/AFP vía Getty Images)

El capítulo de la historia latinoamericana inaugurado en 1998 con celebraciones en Venezuela ha terminado con un golpe de Estado y violencia en Bolivia. Como ocurre en todas las mareas, la «marea rosa» retrocede revelando un terreno transformado. El panorama del movimiento de izquierda, que produjo gobiernos socialistas de tendencias variadas en una docena de países,aparece fracturado y desilusionado. Centroamérica y Sudamérica se enfrentan a un derecho resurgente y al retorno a la austeridad, a menudo a través de una cortina de gases lacrimógenos. Este estado de desorden marca también de forma literal el terreno del continente: bosques y montañas eliminados y desgarrados, sus minerales e hidrocarburos enviados a puerto y embarcados hacia el extranjero en nombre de un proyecto socialista cuyos logros han resultado ser frágiles, temporales y superficiales.

Es comprensible que la preocupación mundial por el futuro de la Amazonía se haya centrado últimamente en Brasil, donde el presidente Jair Bolsonaro ha acelerado la destrucción de la selva tropical con regocijo fascista. Pero por debajo del desprecio escalofriante de ese régimen por la naturaleza que no sea sino una provisión de recursos querecolectar se encuentra una verdad inquietante: su agenda de extracción desenfrenada representa una diferencia en grado y estilo, más que enotra cosa, respecto a la que adoptan todos los principales países amazónicos de las últimas dos décadas. Esto incluye a los gobiernos de marea rosa de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Brasil, que promovieron la minería, el petróleo y la agricultura industrial tan fervientemente como sus contrapartes neoliberales en Perú y Colombia.

Examinar este legado no significa descartar los logros sociales que posibilitaron, aunque fuera brevemente. Esos avances fueron reales y en algunos casos sorprendentes . Los nuevos gastos estatales en salud, educación y el paquete de programas de subvenciones mejoraron la vida de muchos millones de personas en una región definida por una gran desigualdad y una profunda pobreza endémica. Y, sin embargo, como muchos observaron desde el principio, estos beneficios solo podían resultar efímeros al basarse en los máximos presupuestarios del azúcar ante el auge deproductos básicos que China, y en menos grado la India, venían impulsando desde hacía una década por China. Incluso antes de que los precios de los minerales y el petróleo comenzaran a disminuir en 2012, las coaliciones formadas detrás de muchos gobiernos de marea rosa empezaron a romperse en función de las contradicciones e intercambios de lo que el científico social uruguayo Eduardo Gudynas, un crítico precoz e influyente de la marea rosa de izquierdas, llamó «neoextractivismo». Y resultó que esta versión del extractivismo, aunque se defendía desde los balcones de palacio bajo las banderas del socialismo y el antiimperialismo, no era tan diferente del modelo practicado durante siglos de gobierno colonial, militar y neoliberal. Su principal innovación fue negociar mayores recortes en las crecientes exportaciones de recursos primarios.