BREVE ANÁLISIS
A nadie debería tranquilizar el hecho de que una opción política haya ganado en 18 de las 25 regiones del país. Tampoco debería ser motivo de consuelo el rechazo mayoritario de los pueblos andinos y originarios al fujimorismo, ni la inédita —y tardía— unidad de última hora en segunda vuelta entre liberales de izquierda, marxistas radicales y socialdemócratas. Estos datos, leídos en clave triunfalista o derrotista, ocultan la verdadera dimensión de lo ocurrido.
Un análisis coyuntural serio no puede prescindir de la historia y la memoria. Quedarse únicamente en el cuestionamiento a las encuestadoras por modificar el conteo rápido, denunciar el papel de los medios hegemónicos al servicio de la lumpenburguesía y el poder concentrado, señalar el manipulado voto de los peruanos en el exterior o reducir todo al procesamiento de datos electorales resulta insuficiente. Es necesario ir más allá del escándalo inmediato y examinar los elementos estructurales que explican el resultado electoral desde el análisis del neoliberalismo en todas sus dimensiones, incluida la política.
1. La larga duración de una farsa republicana
Si ubicamos este proceso en la larga duración, descubrimos que desde la inauguración de la «republiqueta» llamada Perú, el Estado democrático fue una farsa. Un país sin nación, sin Fuerzas Armadas al servicio del interés nacional, sin estado de derecho, sin ciudadanía real, sin fronteras definidas y, sobre todo, que negaba la existencia de una mayoría compuesta por originarios y afrodescendientes, considerados durante siglos como subhumanos. El capitalismo no tiene más de un siglo en estas tierras, y el voto universal no alcanza ni cinco décadas. Hemos padecido los peores colonialismos: el español, el inglés y el norteamericano; todos genocidas, centrados en el despojo, el saqueo de los recursos naturales y la sobreexplotación de la vida.
2. El mediano plazo: la restauración fujimorista y la pasividad de la izquierda
Hace 35 años se instauró el régimen neoliberal fujimorista, corrupto como los anteriores, pero con un saqueo llevado al extremo. Fue interrumpido durante tres lustros, para volver al control del Estado en 2016, retomando la expansión de la economía criminal y la corrupción: narcotráfico, minería ilegal, evasión, elusión, postergación y devolución tributaria, todo ello en un contexto de ofensiva imperial y de imposición de sus intereses.
En la coyuntura electoral de la cuarta candidatura de Keiko Fujimori, se dio la exclusión, el encarcelamiento y la criminalización de candidatos opositores, así como de fiscales y jueces honestos. Sin embargo, la izquierda ni siquiera se opuso al diseño electoral perverso: la eliminación de las primarias, la creación incontrolada de partidos que fragmentaran el voto en las regiones de mayoría opositora, el manejo arbitrario de las vallas electorales para admitir o excluir candidaturas, y el sistema de voto preferencial que fomenta el caudillismo. La izquierda no denunció este diseño estratégico; al contrario, fue aceptado pasivamente por unos candidatos que buscaban privilegios individuales y estaban contaminados por la ilusión de una salida puramente electoral en un marco cultural antidemocrático.
El avance de la guerra cultural (racismo, blanqueamiento, «terruqueo» y acusaciones de «senderismo») solo tuvo respuestas marginales. No se confrontó con eficacia el miedo a convertir al país en una «nueva Venezuela o Cuba», ni las amenazas sobre expropiaciones, ni el recurso al miedo al terrorismo y al comunismo. Tampoco se denunció con fuerza la compra de voluntades, las traiciones internas, la preparación de candidatos desde el control del poder estatal, la limpieza de expedientes de criminales para habilitarlos como candidatos o el financiamiento directo de las transnacionales extractivistas.
No se confrontó el control institucional que ya ejercía el fujimorismo sobre el Congreso, la Junta Nacional de Justicia (JNJ), el Tribunal Constitucional (TC), el Ministerio Público (DF), el Jurado Nacional de Elecciones (JNE), la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) -bajo la dirección de Corvetto- ni el cambio de diplomáticos en el exterior. Finalmente, no hubo autocrítica ni se frenó la debilidad, la fragmentación y la confusión ideológica de una izquierda que quedó atrapada en sus propias contradicciones.
3. ¿Qué esperar en este quinquenio?
Se avecina más despojo y saqueo. Se entronizará la miseria, la permisividad del crimen y la corrupción. Saqueo, crisis, represión y muerte serán el pan de cada día si no se modifican las relaciones de fondo.
A manera de preguntas abiertas:
- ¿Es la vía electoral un camino viable sin haber transformado previamente todas estas relaciones de poder?
- ¿Tiene sentido esperar nuevas elecciones nacionales, regionales y municipales si se mantienen las mismas reglas de juego?
- ¿La resistencia debe construirse desde abajo y por fuera del sistema institucional?
- ¿Es legítimo o estratégico recurrir a la violencia como respuesta?
- ¿Tiene algún papel la captura de las Fuerzas Armadas en un proyecto de liberación nacional?
El presente no es un simple fraude. Es la confirmación de que la democracia peruana, tal como fue concebida, nunca existió para la mayoría. La tarea pendiente es refundar todo desde los pueblos.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


