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Desde Guatemala entrevista al psicólogo Marco Antonio Garavito, director de la Liga Guatemalteca de Higiene Mental

«El tema de la niñez desaparecida tiene trasfondo político, pero básicamente es un problema humano»

Fuentes: Rebelión

Durante la pasada guerra interna en Guatemala, la desaparición forzada de personas constituyó una estrategia que incluyó adultos y también niñas y niños. La Comisión para el Esclarecimiento Histórico, en las Recomendaciones del libro «Guatemala. Memoria del Silencio», Tomo V, pág. 28 «constata con particular preocupación que gran cantidad de niños y niñas también se […]

Durante la pasada guerra interna en Guatemala, la desaparición forzada de personas constituyó una estrategia que incluyó adultos y también niñas y niños. La Comisión para el Esclarecimiento Histórico, en las Recomendaciones del libro «Guatemala. Memoria del Silencio», Tomo V, pág. 28 «constata con particular preocupación que gran cantidad de niños y niñas también se encontraron entre las víctimas directas de ejecuciones arbitrarias, desapariciones forzadas, torturas y violaciones sexuales, entre otros hechos violatorios de sus derechos elementales. Además, el enfrentamiento armado dejó un número importante de niños huérfanos y desamparados, especialmente entre la población maya, que vieron rotos sus ámbitos familiares y malogradas sus posibilidades de vivir la niñez dentro de los parámetros habituales de su cultura». Dicho informe señala que una quinta parte de las víctimas durante el conflicto armado fueron niñas y niños. De ese grupo, un 11% corresponde a niñez desaparecida. De hecho una idea bastante extendida en el cuerpo social es que el fenómeno de la desaparición forzada de personas es algo privativo de los adultos. Pero tanto ese informe como el de «Guatemala: Nunca más», del Proyecto Interdiocesano REMHI de la Iglesia Católica, evidencian que fue una práctica bastante extendida la desaparición de menores a partir de las sustracciones a sus familias de origen que tuvieron lugar durante los años de guerra así como de las posteriores retenciones ilegales que se hicieron de los niños y niñas sustraídos. De los casos documentados, al menos un 85% corresponde a desapariciones forzadas, es decir: acciones explícitas donde se perseguía claramente ese objetivo. El restante 15% obedece a distintas circunstancias que se dieron a lo largo de la guerra. De esos casos documentados (véase ODHAG, «Hasta Encontrarte», 2002) se «señala como responsable directo al ejército (92%), las Patrullas de Autodefensa Civil -PAC- (3%) y, finalmente, la guerrilla (2%) de las mismas. En el restante 3% no está definida la responsabilidad». Lo anterior significa que hubo una política específica en el tema de la desaparición de menores, que no fueron casos aislados circunstanciales. Si vemos que son las fuerzas de seguridad del Estado o fuerzas paraestatales el principal actor que las llevó a cabo, ello habla de patrones, de lógicas debidamente concebidas. Si lo que alentó las masacres de comunidades mayas era «quitarle el agua al pez» al movimiento insurgente para cortarle su vinculación con las bases campesinas, la desaparición de niñas y niños durante el conflicto (fundamentalmente en familias mayas, en el área rural) tenía como motor «acabar con las semillas», impedir que se criaran «futuros guerrilleros», tanto en los hechos concretos, eliminando las «semillas» de carne y hueso, como en la psicología colectiva, enviando mensajes desmovilizadores, que apuntan básicamente a romper los tejidos sociales y a inmovilizar a las poblaciones.

Desde hace ya 13 años la Liga Guatemalteca de Higiene Mental, bajo la dirección del psicólogo Marco Antonio Garavito, viene desarrollando un trabajo de búsqueda de niños/as desaparecidos, promoviendo el reencuentro con sus familias biológicas, llamado «Todos por el reencuentro».

Pregunta: ¿Qué es y para qué se hace la búsqueda de niñez desaparecida? Y concretamente, ¿qué es el programa «Todos por el reencuentro»?

Marco Antonio Garavito: Luego de la Firma de los Acuerdos de Paz en el año 1996 se abrió la posibilidad de empezar a hablar sobre algunos temas que anteriormente, durante la época del conflicto armado, habían estado prohibidos. Se comienza a hablar entonces de los horrores de lo que fue la guerra; salen a luz temas como las masacres, la tierra arrasada, las desapariciones forzadas. Pero en ese marco hay un tema del que se ha hablado y al día de hoy aún se habla muy poco: la niñez desaparecida durante el conflicto. En la gran tragedia que fue la guerra, los niños desaparecidos no son una prioridad. En los informes de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico y del REMHI aparece tocado el tema, pero siempre de un modo secundario. Es por eso que desde la Liga Guatemalteca de Higiene Mental, en el año 1999 iniciamos un esfuerzo para saber si en el país podía haber niños desaparecidos que pudieran estar vivos, o que sus familias quisieran buscarlos. Concretamente entonces, el 20 de mayo de ese año iniciamos el programa que ahora se llama «Todos por el reencuentro».

No fue fácil el inicio, porque cuando nace la propuesta se levantaron voces contrarias a desarrollar un trabajo de este tipo. Había quien decía que no valía la pena hacer esa búsqueda, porque en Guatemala no podía haber niños desaparecidos puesto que las campañas de tierra arrasada desarrolladas por el ejército habían acabado con todo. Y además, se consideraba que las familias de los eventuales niños desaparecidos estarían con mucho miedo por lo sucedido, y por tanto no se querrían involucrar en un esfuerzo de esta naturaleza. Pese a esas dos premisas negativas decidimos irnos a trabajar al campo, y luego de un año de búsqueda teníamos 86 casos bien documentados donde las familias querían seguir el proceso de esclarecimiento de lo ocurrido. Algo que ayudó mucho en nuestra propuesta y que la misma fuera ampliamente aceptada fue que no lo hicimos desde un discurso político-ideológico ni azuzando a la población con quien nos contactábamos para una búsqueda de castigo a los responsables de las desapariciones. Aunque la propuesta, obviamente, tiene un trasfondo político e ideológico muy claro, lo que priorizamos fue la parte humana. Nuestra intención fue movilizar a quien tenía un familiar desaparecido, un hijo o un hermano por ejemplo, y quería saber qué había pasado. Al haberlo planteado desde ese lado humano, como forma de intentar superar el dolor con que vivían, las personas contactadas se comenzaron a involucrar en el programa.

El programa «Todos por el reencuentro» es un proceso de acompañamiento psicosocial de familiares que tienen desaparecidos, estando junto a ellos brindando un apoyo para superar el dolor de la pérdida mientras se desarrolla la búsqueda, con la idea que si se llega a un feliz término puede haber un reencuentro. El programa, en ese sentido, tiene una acción beneficiosa para quienes se acercan a él, porque aún si no se encuentra el familiar desaparecido, poder trabajar el duelo congelado que soporta cada familia tiene un alto valor en términos de salud. De los más de 80 casos que contactamos en el año 99, al día de hoy la gran mayoría continúa siendo parte del programa, aún cuando muchas veces no hayan encontrado a sus hijos desaparecidos. De hecho, los participantes encuentran aquí una serie de beneficios colaterales, como por ejemplo estar con otras personas que han pasado o están pasando similares penurias. Eso les ha sido de gran utilidad, por eso desde el programa fuimos buscando la implementación de espacios donde pudieran confluir personas que estaban en situaciones similares para que pudieran compartir y ayudarse mutuamente a partir de experiencias similares. Eso llevó a que en el 2006 se pudiera inscribir legalmente en Santa María Nebaj, en el departamento de Quiché, la Asociación de Familiares de Niñez Desaparecida. La misma tiene hoy una estructura a nivel nacional y despliega un importante trabajo en el tema. La organización de los familiares en su búsqueda de sus desaparecidos constituye de hecho una estrategia de salud mental.

Cuando arrancamos con el programa, en 1999, nos preguntábamos si efectivamente íbamos a poder encontrar a alguien, y en el año 2001 tuvimos nuestro primer reencuentro -don Tomás Choc con su hija Julia- en la comunidad de Santa María Samacox, en el sur del Ixcán. Hoy, 13 años después, ya vamos por el reencuentro número 351, y tenemos varios más ya programados, con 11 reencuentros que en este momento están en preparación. Sin dudas podemos decir que el programa es muy exitoso en términos de resultados. La cantidad de personas vinculadas al programa, es decir: familiares y declarantes, son alrededor de 1,300. Casi un tercio de los casos emprendidos se han logrado resolver. Eso, creemos, es un gran éxito.

Pregunta: ¿Qué valor tienen estos reencuentros tanto a nivel individual y/o familiar, para el desaparecido que reencuentra a su familia, o para ésta que se reencuentra con su niño desaparecido hace tantos años, y qué valor tiene todo esto en términos sociales, para toda la sociedad guatemalteca?

Marco Antonio Garavito: Desde el punto de vista de las familias hay dos fenómenos, que serían las reacciones más típicas. Por un lado, las familias que perdieron al pequeño, desde el momento mismo de la desaparición tienen un sentimiento de culpa muy fuerte. Eso es lo que más se trabaja desde que se documenta el caso, y en general siempre se logran recuperar de esa culpa. Eso crea mucha sanidad. Por el lado del desaparecido también encontramos, casi con un valor de patrón que se repite, el sentimiento de haber sido abandonado. Un niño, con o sin memoria del hecho puntual, no puede entender por qué sus padres lo abandonaron. Todos los niños, ya adultos cuando trabajamos, presentan ese sentimiento de haber sufrido mucho, aunque no puedan dimensionar lo que fue la guerra y el por qué se dio su separación de los padres. Quedan, por tanto, con esa sensación de haber sido abandonados, que no los querían. Eso lo encontramos siempre, aún con los casos de niños que están viviendo ahora en Europa, donde se los llevaron durante la guerra en condición de adoptados. Siempre aparece la pregunta de por qué sus padres los dieron, no los protegieron. Todo esto, entonces, tiene un gran valor para ambas partes: para la familia, poder trabajar el sentimiento de culpa que le acompañó por años, y para el menor desaparecido, poder trabajar su síndrome de abandono. Trabajar eso tiene un valor restitutivo en términos de salud mental.

Por otro lado, además del gran valor que tiene el programa en términos de subjetividad personal, es un gran aporte para trabajar el tema de ciudadanía. Antes del inicio de nuestro programa, en muchas comunidades donde estamos trabajando ahora no había ningún interés por participar en términos políticos-sociales-comunitarios; a veces ni sabían que en la comunidad había un niño desaparecido durante la guerra. Por eso, cuando avanzamos con un proceso y se llega a un reencuentro, participa la comunidad entera; todos se involucran. Lo que queremos transmitir es que estos no son problemas individuales, sólo del o de los familiares del desaparecido, sino que es un problema de todos, de toda la sociedad. Esto debería interesar y tocar a todos, al Estado, a los medios de comunicación, a la sociedad en su conjunto. Por eso el nombre del programa es «Todos por el reencuentro»; eso tiene un sentido muy claro. Es un símbolo. Si una familia puede reencontrarse 30 años luego de su sufrimiento, la sociedad también puede hacerlo. Por eso trabajamos fuertemente por la recuperación del concepto de ciudadanía. En las reuniones en las comunidades no hablamos solamente de los hijos desaparecidos: hablamos de los problemas concretos del país. Eso es participación ciudadana.

Pregunta: Por supuesto que trabajar sobre la niñez desaparecida, además del valor subjetivo personal que puede tener en el ámbito familiar, tiene ese valor social, de restitución de ciudadanía, de volver a participar colectivamente, todos y sin miedo. Y en muchos casos llegando a buen términos con un reencuentro, que es un logro para toda una comunidad. Ahora bien: ¿qué hacer con todos los desaparecidos que no se van a poder encontrar? ¿Qué hacer con todas esas familias, o con todo un tejido social, que nunca tendrá un reencuentro con la persona desaparecida durante la guerra?

Marco Antonio Garavito: Hay varias líneas de acción. Es públicamente conocido que en Guatemala existen muchos miles de desaparecidos: 45,000 para ser más exactos. Y también es conocido que las agendas de la paz no hicieron mayor cosa respecto a este punto. Hay varios elementos que pueden ayudar en este campo: por un lado, en el Informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, en su Recomendación N° 24 se propone que el Estado cree una Comisión Nacional de Búsqueda de niñez desaparecida. Pero eso jamás se ha hecho. Incluso: al contrario. Pese a que se crearon algunas estructuras, como la Secretaría de la Paz o el Programa Nacional de Resarcimiento, donde hay mandato para el tema de niñez desaparecida, eso se usó sólo en términos clientelares. Nosotros, con un programa que sin dudas puede exhibir logros importantes, jamás recibimos apoyo del Estado, con ningún gobierno. Incluso nos han bloqueado. También la Corte Interamericana de Derechos Humanos dijo algo sobre el tema: cuando salió la condena por la masacre de las 2R, recomendó crear una página web para la búsqueda de niños desaparecidos. Pero de nuevo vemos que no se ha hecho nada, siendo eso algo tan simple de implementar.

Pregunta: ¿Por qué el Estado no tiene ningún interés en apoyar el tema?

Marco Antonio Garavito: Porque, por supuesto, hay un trasfondo político-ideológico en esto. Pero además está la idea que mejor dejar el pasado y pensar en el presente y en el futuro: no andar revolviendo lo que sucedió. Incluso la gente supuestamente de izquierda que ocupó los espacios de la Secretaría de la Paz y del Programa Nacional de Resarcimiento, no han apoyado para nada nuestro programa. Nos hemos mantenido exclusivamente de la cooperación de pueblo a pueblo, de iglesias de base, de organizaciones populares de otros países; casi no hemos recibido nada de la gran cooperación internacional.

Otro elemento importante a considerar aquí es la Comisión Nacional de Búsqueda de Desaparecidos. Hay un proyecto de ley al respecto, que se llevó al Congreso en su momento, pero que hasta el día de hoy está engavetado. Y algo más en este tema es que en el año 2006 la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Convención Internacional contra la Desaparición Forzada. 103 países la aprobaron, incluyendo a Guatemala; pero eso no ayudó a desentrampar el tratamiento de la ley en el Congreso. Eso llevó a crear una Coalición Internacional contra la Desaparición Forzada desde las organizaciones populares; nosotros, como Liga Guatemalteca de Higiene Mental, hacemos parte de ese esfuerzo, para promover en los parlamentos de cada país la aprobación de estas leyes, que ahora están detenidas. Aquí la ley está parada, pese a que hemos intentado moverla. En su oportunidad logramos reunir unas 4,000 firmas, fundamentalmente en el interior, pidiendo que se desentrampara la iniciativa. En otros países latinoamericanos ya se ratificó. Aquí no. La Convención entró en vigencia, porque ya fueron más de 20 países los que la ratificaron. Hoy creemos que más que crear la Comisión de Búsqueda de Desaparecidos es importante ratificar esta Convención. La misma no tiene efecto retroactivo, pero de todos modos es muy importante, porque con eso se puede asegurar que el país no entre de nuevo en la lógica de las desapariciones forzadas. Es decir: tiene un efecto preventivo hacia el futuro.

Pregunta: Hablando de los reencuentros propiamente dichos, ¿qué sucede a partir del momento que se vuelven a ver los familiares luego de años de separación? ¿Cómo funciona la dinámica del reencuentro?

Marco Antonio Garavito: El programa «Todos por el reencuentro» tiene cinco áreas de trabajo. Desde el inicio vimos que la cuestión no era solo buscar y reencontrar. Eso, así solo, no tiene mayor sentido. El proceso es mucho más complejo. El programa tiene un área de investigación, que se encarga de buscar documentación y hacer las averiguaciones necesarias. Luego hay un área que llamamos de organizaciones de base, puesto que para funcionar, el programa necesita tener vínculos con muchas organizaciones comunitarias, unas 80 aproximadamente, que son las que en definitiva posibilitan la tarea. Son las organizaciones primarias de la comunidad. Hay luego una tercer área que es organización, que es la que derivó en la creación de la Asociación de Familiares; hay ahí una dinámica organizacional que va más allá del trabajo puramente investigativo. Tiene su estructura y se reúne periódicamente. Luego tenemos un área específica de reencuentros, que es la que se encarga puntualmente del proceso mismo de los reencuentros, y que trabaja con la familia biológica, la familia adoptiva, el desaparecido, preparando todas las condiciones necesarias para llevar adelante el proceso. Pero llegar a un reencuentro, cosa que por supuesto es muy importante, quedaría corto si ahí se deja el trabajo: sólo con el reencuentro físico en un momento determinado del desaparecido y su familia de origen. En el momento mismo del reencuentro, que son siempre episodios muy emotivos, no surgen cosas que luego sí van a aparecer. En general el desaparecido es el primogénito o primogénita. Luego del momento de emoción de volver a verse, pueden surgir los problemas. Por ejemplo: el pedazo de tierra que le correspondía al desaparecido, el padre ya lo repartió con los otros hermanos, y al aparecer el desaparecido se cambian las cosas en relación a la herencia de esa porción de tierra. Es decir: con el reencuentro se abre una cantidad de temas que antes no aparecían, como el de la herencia que comento, y muchísimos otros más. Todo eso hay que comenzar a trabajarlo sanamente luego de pasada la primera emotividad. Hoy día, los reaparecidos ya son todos adultos, y el panorama familiar ya es algo muy distinto a 30 años atrás, cuando se dio la desaparición; todo eso hay que trabajarlo. En general no vuelven a vivir juntos. Por eso, ante todo este nuevo panorama, hay que hacer un abordaje especial; es ahí donde entra la quinta área del programa, que es la que llamamos de integración. El programa busca que luego del reencuentro se mantengan los vínculos, que se sigan visitando entre esas familias. El vacío generado por varias décadas de distanciamiento sólo se puede llenar por medio de un proceso de comunicación. Quizá nunca se llene, pero se ayudan a trabajar todos los sufrimientos que eso trajo aparejado. ¿Quién sufrió más: el desaparecido o la familia que lo perdió? Es complejo, por supuesto, y hay que abordarlo.

En algún momento del programa hicimos un encuentro nacional de reencontrados. Estuvimos cuatro días interactuando y sacando conclusiones a partir de las experiencias de muchas familias que se habían reencontrado, tratando de ver cómo habían funcionado, qué había pasado luego de los reencuentros. Producto de eso, y de una sistematización que ya veníamos haciendo, salió un libro: «Corazones en fiesta». Ahí tratamos de elaborar teóricamente las conclusiones de qué pasa luego de los reencuentros. En un momento había mucho interés en apoyar todo esto, y la cooperación internacional financiaba generosamente. Llegó a haber 11 organizaciones que se ocupaban del tema de niñez desaparecida. Ahora ya no quedó ninguna, salvo nuestro programa. Y es necesario decir que muchas veces se cayó en eso de buscar y reencontrar, y punto. Pero la cuestión más importante es qué pasa después de ese reencuentro.

En todo el trabajo que hacemos desde las tres áreas tenemos tres ejes: uno es el de salud mental. Esa no es una parte puntual del programa sino un eje que lo atraviesa completamente: la salud mental de la población está siempre implicada, en todo momento. Hay otro eje transversal que es de comunicación social, hay un tercer eje que tiene que ver con lo jurídico. El programa tiene toda una integralidad, pues todos los componentes están unidos y van de la mano. Ahora tenemos algunos problemas financieros, por eso hemos perdido algunos colaboradores. Pero seguimos adelante, por supuesto. Hay mucho compromiso con lo que estamos haciendo, y hay mucha respuesta de la gente en las comunidades.

Pregunta: ¿En qué principios se base el programa «Todos por el reencuentro»?

Marco Antonio Garavito: El programa creó desde sus inicios algunos principios éticos e ideológicos. Entendemos que el tema de la niñez desaparecida es una responsabilidad del Estado. Muchas veces las ONG’s terminamos ocupándonos de problemas como éstos, dado que nadie lo está atendiendo; pero es el Estado quien verdaderamente debe responsabilizarse por esto. Otro principio que tenemos es que esto es un problema eminentemente humano. Esto parece obvio, pero no lo es tanto. Lo decimos porque muchas veces las mismas víctimas han sido instrumentalizadas para fines políticos, dejando de lado su sufrimiento como personas. Nosotros jamás manipulamos a un familiar ni lo hemos llevado a algún lado para protestar. Hay un trasfondo político muy fuerte en todo esto, por supuesto, pero básicamente es un problema humano. Como es eso lo que nosotros priorizamos, eso ha hecho que la gente en las comunidades siga enganchada al programa durante tantos años, porque ve que no hay manipulación política sino que se atiende su dolor como seres humanos que sufren.

Otro principio que nos alienta es saber que estos son temas de largo plazo, a veces de toda la vida. Estas cosas no se pueden resolver con proyectos puntuales de un año, como muchas veces se alientan. No se trata sólo de documentar una desaparición; eso, en definitiva, no sirve para mucho. La cuestión es reencontrar, y fundamentalmente, trabajar lo que comienza a pasar después. Por eso nosotros trabajamos con humildad lo que podemos y hasta donde podemos, sabiendo lo que sí verdaderamente estamos en condiciones de acompañar en el tiempo. Por eso también trabajamos sólo en algunas áreas del país, no en todas. No se trata sólo de ir a documentar y sacarle información a la gente. Eso no sirve. Lo importante es acompañar todo un proceso, que por supuesto toma mucho tiempo, mucho esfuerzo. Nosotros estamos en el área norte de Huehuetenango, el Ixcán, la región ixil, la zona reina en el departamento del Quiché y la Alta Verapaz. Y también tenemos algunos casos dispersos por todo el país. Por supuesto que resta muchísimo trabajo por hacer, porque el tema de la niñez desaparecida es un problema a nivel nacional. Pero para eso se necesitan fondos. Y debería ser el Estado quien se involucre. Pero aún esto es un tema muy silenciado, muy prejuiciado.

Es importante destacar que en el ámbito jurídico hemos comenzado recientemente la presentación ante la Corte Suprema de Justicia de algunos casos bajo el recurso de habeas corpus, cuando tenemos pruebas suficientes para decir quién fue el que secuestró a estos niños. Por eso decimos que tiene que ser el Estado el que dé respuesta en esos casos, explicando qué pasó con esas desapariciones. Ya presentamos un primer caso, el de Baudilio Monzón, en el Ixcán, que fue llevado por el ejército. A fines del año pasado presentamos otro caso, el de la niña Elvia Gómez, secuestrada en San Pablo El Baldío. Pero de momento la Corte Suprema de Justicia no ha dado ninguna respuesta. Y ahora estamos por presentar un caso colectivo, el de la Finca Sacol, en Alta Verapaz, donde secuestraron 60 niños al mismo tiempo. Algunos de ellos ya aparecieron, y fueron adoptados viviendo ahora en Italia, con adopciones legalmente cuestionables; pero 9 de esos niños no aparecen. Ahora, por esta vía del habeas corpus, estamos buscando que el Estado dé respuestas. El programa busca y reencuentra, y luego jurídicamente va hasta donde los familiares quieran llegar. Nosotros no imponemos ninguna decisión a la familia; es ella que la decide qué quiere hacer, si quiere accionar legalmente, y hasta dónde. Y si quiere desistir de hacerlo, se respeta su decisión.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.