Xulio Ríos

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China y Rusia tienen la oportunidad de erigirse en la tabla de salvación de los países menos desarrollados

A diferencia de lo ocurrido al inicio de la pandemia con la distribución de mascarillas, con las vacunas, China se ha mostrado básicamente prudente. No solo tomaba nota de que los países más desarrollados de Occidente optaban por “sus” farmacéuticas sino también reconocía los problemas de credibilidad de sus productos ante importantes segmentos de la opinión pública.

Casi al límite de su vencimiento temporal, Washington y Moscú decidieron renovar el Tratado New START o START III por cinco años más. Fue una de las primeras -y acertadas- decisiones del nuevo presidente Joe Biden. El expresidente Donald Trump pretendía la adhesión de Beijing al tratado y en tanto esta no se produjera, lo guardaría en el cajón. De esta forma, Estados Unidos y Rusia seguirán limitando el número de armas nucleares.

Migraciones internas en China

Las sesiones parlamentarias anuales, de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino y de la Asamblea Popular Nacional, conocidas como “lianghui”, darán inicio en China tras las celebraciones de la Fiesta de la Primavera.

Las aguas bajan revueltas en el Estrecho de Taiwán. Días atrás, un portavoz de Defensa de China continental advirtió que “la independencia implica la guerra”. No es algo nuevo. Es el espíritu y hasta la letra de la Ley Antisecesión aprobada por el Parlamento chino en 2005.

Hace cuatro años, recién llegado Donald Trump a la presidencia estadounidense y con el conservadurismo antiglobalista en su máximo apogeo, China se presentó en la macrocita de Davos como la gran valedora de la globalización.

Habiendo franqueado la barrera de los 70 años en el poder y teniendo en cuenta otras experiencias en similares circunstancias (desde el México del PRI a la extinta URSS con el PCUS), la cuestión de la longevidad se ha convertido en un asunto central en la política china.

Podríamos contextualizar la más reciente política de EEUU hacia China entre dos discursos, el del vicepresidente Mike Pence en el Instituto Hudson en 2018 y el del secretario de Estado Mike Pompeo en la Biblioteca Nixon en 2020.

Interacciones de EEUU con Taiwán

Taipéi informó recientemente de que hasta trece aviones de combate chinos entraron en su zona de identificación de defensa aérea (ADIZ, siglas en inglés) en el suroeste de Taiwán, el mayor número observado en un solo día, siendo superado en la jornada siguiente con el despliegue de quince unidades.

Ante el relevo en la Casa Blanca, hay quien se afana en propagar la idea de que China y EEUU están encerrados sin remedio en una confrontación ideológica y geoestratégica esencial. Que si Washington quiere evitar, en definitiva, la disminución fundamental e irreversible de su estatus mundial, si ansía incluso conjurar el desmoronamiento de la civilización occidental, actualmente en peligro mortal, no tiene otra opción que radicalizar las represalias contra China y destruir de raíz su sistema político.

Desde 1949, el PCCh, fundado en 1921, es la columna vertebral del sistema político chino. Tras más de 70 años en el poder, la sociedad china se debate entre el orgullo por los logros del país bajo su gestión y el escepticismo respecto a la viabilidad última de un modelo a contra corriente de las tendencias democratizadoras globales. Algunos elementos deben tenerse especialmente en cuenta para comprender su persistencia, actual estatus y desafíos.

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