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Izquierdas en el continente de Bolívar

¿El fin de la elefanteasis interpretativa?

Fuentes: Página 7

Muchas veces sostuvimos que era necesario salirnos de la inflación ideológica a la hora de analizar a los gobiernos del «giro a la izquierda» latinoamericano, con la finalidad de ganar en realismo analítico a riesgo de perder un poco de romanticismo militante y de aparecer como descreídos de las posibilidades de un avance poscapitalista -o, […]

Muchas veces sostuvimos que era necesario salirnos de la inflación ideológica a la hora de analizar a los gobiernos del «giro a la izquierda» latinoamericano, con la finalidad de ganar en realismo analítico a riesgo de perder un poco de romanticismo militante y de aparecer como descreídos de las posibilidades de un avance poscapitalista -o, en términos más modestos y ambiguos del kirchnerismo, de «profundizar el modelo». La elefanteasis interpretativa -según el bonito término con el que Victoria Ocampo criticó al excentrico y «telúrico» Conde Keyserling- no reemplaza, al fin de cuentas, las reformas que necesitamos concretar y/o consolidar. Y, por si acaso, no se trata de un reclamo de que estos gobiernos no son «suficientemente revolucionarios», sino de un análisis que busca sopesar las inercias político-culturales, las aspiraciones (reales, no imaginadas) de nuestras sociedades, y las características de los propios gobiernos. Ahí el poscapitalismo no está menos lejos que en los pesadillescos años 90.

En los últimos meses parece haber señales de que el envión del cambio parece estar encontrando sus límites… Eso no quita, sin duda, que siga habiendo conferencias sobre el «vivir bien» o que los jóvenes de La Cámpora sigan ocupando directorios de empresas varias. El actual jefe de Gabinete argentino Juan Manuel Abal Medina dijo una vez que Kirchner tenía tanta capacidad de seducción que si decretaba la abolición de la ley de la gravedad seguramente al despertarnos sentiríamos que volábamos… quizás sea cierto, pero capaz también nos caemos.

Según algunos analistas, en Venezuela -junto a la incertidumbre por el estado de salud de Hugo Chávez- se consolida la línea «boliburguesa» y militar-verticalista del presidente de la Asamblea Nacional Diosdado Cabello. En Argentina, la presidenta Cristina Fernández se encuentra falta de reflejos para enfrentar las nuevas situaciones, luego del contundente 54% con el que renovó su mandato (muchos extrañan la capacidadde iniciativa/temeridad de Néstor). El accidente de los trenes dejó ver los vínculos oscuros entre subsidios millonarios, capitalismo de amigos y financiamiento de la política. El affaire de supuesto tráfico de influencias del vicepresidente y ex militante ultraliberal Amado Boudou (con un estilo cool y un apodo francés – Aimé- que a los nacionales y populares no les gusta) es una buena evidencia de combinación entre setentismo y noventismo que recorre el kirchnerismo. La ya abierta defensa de la megaminería por la Presidenta, además, pone sobre la mesa la ausencia de proyectos de desarrollo alternativos al extractivismo… todo lo cual no parece que vaya a ser revertido por el dinamismo de La Cámpora (un libro sobre la «historia secreta» de la juventud K se vende hoy como pan caliente).

En Ecuador, son muchas las críticas al manejo del poder por el presidente Rafael Correa, sus enfrentamientos con sectores indígenas, los vínculos del presidente con los jueces, etc. Y en Bolivia el presidente Evo Morales ha sorprendido esta semana con dos anuncios. En uno señala que el ambientalismo es un nuevo colonialismo, lo que dicho así echa por tierra muchos de sus discursos previos. En tanto que los acuerdos con Colombia para cooperación en seguridad ciudadana son un enigma en sí mismos, y siguen la tendencia ya iniciada por Hugo Chávez de acercamiento al régimen de Santos; un presidente que sin duda sorprendió a propios y extraños al desplazar a Uribe y mostrar una enorme ductilidad política. ¿Pero vamos a utilizar el modelo colombiano de seguridad ciudadana? ¿las políticas de seguridad son post-ideológicas?

Frente a esto, muchos antiguos creyentes pasaron a ser ultracríticos y algunos de estos últimos imaginan reconducciones radicales de los procesos. Otros siguen hablando de gobiernos en disputas y cosas por el estilo. El problema es que las izquierdas autonomistas (a la Holloway y sus variantes, que proclaman la resistencia desde la vida cotidiana) operan desde la total marginalidad, las izquierdas marxistas carecen de ideas y de sujetos sociales -la constatación de que la vieja clase obrera fue reemplazada por una «pluralidadde sujetos» no resolvió nada-, y las izquierdas pro vivir bien tienen muchas ideas genéricas (filosóficas) pero pocas propuestas de políticas públicas concretas. De ahí que el panorama sea en extremo complejo. El entusiasmo catastrofista con la nueva vigencia de Marx por la crisis global no nos ayuda mucho. El desinflamiento del socialismo del siglo XXI es una muestra de todo esto.

Quizás la izquierda deba tomar más en serio el reformismo social -abandonado por los reformistas- y avanzar más seriamente por esa vía. Lo cual implica discutir más y mejor el tipo de institucionalidad y de Estado que estamos fortaleciendo, la reducción (en serio) las desigualdades, la promoción de procesos de desmercantilización de la vida social y la reforma de la salud y de la educación. En este sentido, ir a buscar ayuda a Colombia para reducir la inseguridad es, quizás, la mayor muestra de nuestro propio fracaso ideológico.

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