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A las puertas de las elecciones generales en Guatemala

El terror no desaparece cuando los niveles de violencia descienden, exigen tiempo, esfuerzo y experiencias de nuevo tipo para superarlos

Fuentes: Rebelión

Hoy que nos encontramos a las puertas de las elecciones generales de 2011, es bueno recordar lo que decía la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH) en su informe «Guatemala: Memoria del Silencio»: «Los miles de muertos, desaparecidos, torturados y desarraigados, y los cientos de comunidades mayas borradas del mapa durante el enfrentamiento armado han […]

Hoy que nos encontramos a las puertas de las elecciones generales de 2011, es bueno recordar lo que decía la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH) en su informe «Guatemala: Memoria del Silencio»: «Los miles de muertos, desaparecidos, torturados y desarraigados, y los cientos de comunidades mayas borradas del mapa durante el enfrentamiento armado han dejado huellas imborrables en las mentes y los corazones de los guatemaltecos…a lo largo del enfrentamiento armado el Ejército aplicó una estrategia general y sistemática estructurada para producir y mantener a la población en un permanente estado de terror…el terror no desaparece automáticamente cuando los niveles de violencia descienden, sino que tiene efectos acumulativos y perdurables, los cuales exigen tiempo, esfuerzo y experiencias de nuevo tipo para superarlos…aun en los sectores y lugares menos involucrados directamente en el enfrentamiento armado, se hicieron presentes las facetas más sutiles del terror, como la pasividad y el conformismo, el sentimiento de impotencia y la decisión a veces inconsciente de no ver, no escuchar, ni hablar de los hechos atroces que estremecían el país. Así, las secuelas sociales del terror todavía se hacen sentir en los más diversos ámbitos de la sociedad». Esta descripción de hace más de 10 años es aún válida para nuestro país, lo cual explica nuestra profunda insatisfacción ante las condiciones del país y la incapacidad del proceso electoral de superar nuestra crisis.

Crueldad y terror como deshumanización

En el ultimo año, me ha tocado vivir dos experiencias estremecedoras. Durante una conferencia del Modelo de las Naciones Unidas realizada en la República Checa, a la que llevé a estudiantes de la Universidad de Long Island, Nueva York, en noviembre pasado, tuve la oportunidad de visitar Auschwitz, en Polonia, el campo de exterminio utilizado por los Nazis para la masacre de millones de judíos y otros grupos perseguidos. Desde el momento en que uno pone los pies dentro del campo, que ostenta en la entrada un rótulo cínico en alemán que dice: «El trabajo os hará libres», se apodera de uno un frío intenso, un frío de muerte. Es una experiencia capaz de transformar la vida de cualquier persona, al darse uno cuenta de los abismos inhumanos de crueldad a los que pueden llegar algunos seres humanos, algunos de ellos dementes y otros supuestamente «normales». En las casas de los oficiales de la SS que tenían a su cargo el exterminio de los prisioneros se vivían «vidas normales», con fiestas y reuniones familiares.

En el interior de los reparos, se han conservado los símbolos de la abyecta deshumanización de los victimarios. Hay verdaderos almacenes repletos con maletas y objetos que llevaron las víctimas, creyendo que se trataba de un campo de concentración y no de exterminio. Almacenes repletos de zapatos, en donde se nota por igual calzado de hombres, mujeres y niñas y niños de todas las edades. Almacenes con cabellos que se les quitaron a todas las víctimas, que luego eran utilizado como materia prima para fabricar toda clase de objetos, y pequeñas muestras preservadas de todo el oro extraído de las dentaduras de los muertos. Hay a la entrada miles de fotos, las que permiten ver a los seres humanos que eran fichados sin imaginar siquiera lo que les iba a suceder. Al final se visitan las cámaras de gases, en donde en cuestión de minutos eran asesinados hombres y mujeres desnudos en tandas de miles, y los hornos crematorios, en donde los cuerpos eran incinerados, regando el olor de muerte mediante las grandes chimeneas. Auschwitz es un monumento a la barbarie; es el ejemplo clásico de la crueldad. Curiosamente, su función no fue el terror, ya que la idea central no era el control de la población sino que el exterminio de todos los judíos de Europa. Personalmente, después de más de 30 años de dedicarme a la defensa de los derechos humanos, esta visita me ha convencido de la urgencia de luchar contra la crueldad, bajo cualquiera de sus manifestaciones.

La segunda sobrecogedora experiencia la viví en junio, en Santiago de Chile. Con mi compañera y colega fuimos a visitar Villa Grimaldi. En su tiempo, fue una casa de campo en las afueras de la ciudad, utilizada para el esparcimiento familiar. La tenebrosa policía secreta de Pinochet, la DINA, la convirtió en centro de torturas, previo a la desaparición forzada de cientos de personas. Pese a que el objetivo fue igualmente siniestro al de Auschwitz, que fue la tortura para castigar y supuestamente extraer información, y la muerte, no sentí el frío de muerte del centro polaco. La explicación puede estar en la entrega de este centro a la sociedad civil chilena, primeramente para purificarlo, según prácticas religiosas cristianas e indígenas, y luego para convertirlo en un sitio de memoria histórica, sensibilización y educación. Eso no elimina las horrendas historias contadas por los sobrevivientes -personas que no fueron exterminadas, siendo trasladadas después de interminables horas de tortura a otros centros de detención-en donde la crueldad también aflora como característica distintiva. Celdas que serían pequeñas para una persona teniendo que ser compartidas con muchas personas, todas con los ojos vendados y en silencio, teniendo que pararse unas a ratos para que otras se pudieran sentar. Sesiones de tortura con electricidad y con asfixia y cajones de un metro por un metro donde eran «guardados», aún vivos, quienes serían luego desaparecidos, la mayoría lanzados al mar. Entre 1973 y 1975 pasaron por ahí miembros del MIR, socialistas, comunistas y otros opositores a Pinochet, llegando a ser 117 detenidos-desaparecidos. Los sobrevivientes también relatan la «vida normal» de los carceleros, que hacían fiestas con familias, incluidos niños, en los fines de semana, mientras los prisioneros aguardaban su turno de tortura o de muerte.

Esta crueldad sí tuvo como intencionalidad generar el terror en la sociedad chilena, como puede verse en una serie que pasa hoy por la TV chilena: «Los Archivos del Cardenal» (Se basa en la acción del Cardenal Salesiano Raúl Silva Enríquez, quien con la Vicaría de la Solidaridad se opuso al terror de Pinochet). Esa crueldad fue intrínseca al terrorismo de estado. Chile es un ejemplo de represión por motivos ideológicos -la «lucha contra el comunismo» en su concepto más amplio– que ha demostrado su fracaso. Pinochet murió en desgracia, pese a que todavía hay grupos minoritarios que lo añoran, y el director de la DINA, Manuel Contreras, sirve en prisión una condena muy extensa. La Concertación, la oposición política a Pinochet, gobernó el país durante 20 años, y dos socialistas han sido los presidentes anteriores. Los sitios de tortura y muerte -Villa Grimaldi, Londres 38 y otros-han sido entregados a las víctimas y sus familiares. Este tipo de acciones no se ha dado en Guatemala, en donde la crueldad alcanzó los niveles de los Nazis y el terror se extendió a toda la población, al punto de que no hemos podido lograr la transición para ser una sociedad normal. No se le han entregado a la sociedad civil los centros en donde sabemos que hubo tortura y asesinato: la Escuela Politécnica, los sótanos del Palacio de la Policía Nacional, la casa de Donaldo Alvarez, casas en las colonias militares, bases militares, particularmente Santa Ana Berlín, y cientos de lugares a lo ancho y largo del país. ¿Acaso no hay cientos de cementerios clandestinos ya exhumados y muchos otros por exhumar y decenas de miles de muertos en ellos?

Guatemala comparte con los Nazis el triste privilegio de haber cometido genocidio. Está perfectamente comprobado y descrito por la CEH en su informe. A los factores ideológicos de la «lucha contra el comunismo» se sumó un profundo racismo de los sectores dominantes contra los pueblos indígenas. El menosprecio de la vida de los indígenas fue total, no perdonándose ni ancianos, ni mujeres, ni niños, ni bebés, ni no nacidos, mucho menos los hombres, algunos de los cuales sí eran miembros del movimiento revolucionario y, por ende, debieron haber sido protegidos por los Convenios de Ginebra. Nada de esto importó y los niveles de crueldad fueron extremos. Es ésta la gran culpa que nuestra sociedad no enfrenta, sino que trata de ocultar e ignorar. Solamente así se puede entender que un representante de esas fuerzas que actuaron con crueldad extrema y sembraron el terror que aún se mantiene sea visto como una opción política para nuestro país. Ante esto, estamos a tiempo y tenemos el instrumento para evitarlo. Utilicemos nuestros votos este 11 de septiembre para hacer triunfar la cordura y la posibilidad de lograr una Guatemala con verdad, justicia, reparación y, en algún momento, luego de transitar los caminos que hasta ahora se han evitado, producir la reconciliación. Quienes queremos romper las secuelas del terrorismo de Estado debemos salir a rechazar la crueldad y el terror.

Raúl Molina Mejía es Secretario de Relaciones Internacionales de la Red por la Paz y el Desarrollo de Guatemala

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.