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La muerte de tres mujeres trans en Uruguay

El último gesto

Fuentes: Semanario Brecha, Montevideo

Sus familias rompen todo vínculo con ellas, nadie les quiere dar trabajo, son consideradas quizás lo más bajo de la escala social y viven recluidas en el ejercicio irrenunciable de la prostitución. Tres asesinatos en los últimos meses -uno de ellos esta semana- han puesto en evidencia la realidad de ese sector de la sociedad […]

Sus familias rompen todo vínculo con ellas, nadie les quiere dar trabajo, son consideradas quizás lo más bajo de la escala social y viven recluidas en el ejercicio irrenunciable de la prostitución. Tres asesinatos en los últimos meses -uno de ellos esta semana- han puesto en evidencia la realidad de ese sector de la sociedad expulsado a las sombras del prejuicio, la burla y la violencia.

No trascendió a qué hora, aunque seguro la noche todavía rondaba el parque Roosevelt el 10 de marzo, cuando a Gabriela la ejecutaron de dos balazos que le destrozaron el cráneo, antes de abandonarla semidesnuda en la oscuridad que siempre la había cobijado. La luz no es amiga de las trans. Las deja en evidencia, las expone a las miradas burlonas y prejuiciosas; descubre la risa, el índice ajeno que les señala la sombra de barba vergonzante.

Cuando la Policía la encontró esa mañana, Gabriela tenía consigo sus pertenencias, entre ellas el dinero que llevaba encima cuando la mataron. No fue robo. No se sabe por qué fue en realidad, aunque entre algunas compañeras circula la versión de que días antes de morir Gabriela prestó declaración en la investigación sobre el asesinato de la «Brasilera», una compañera que al igual que ella ejercía la prostitución en la vuelta del Roosevelt y que el parque se tragó apenas una semana antes. La encontraron viva, con cinco balazos en el cuerpo, y la trasladaron a un hospital. Según la misma versión, la Brasilera le llegó a decir a la Policía que conocía a su agresor pero que no daría el nombre porque la venganza correría por su cuenta. Pero murió, y ahora quienes las conocieron suponen que Gabriela también sabía, o que el asesino pudo sospechar, fantasear que sabía, y que por eso encontró su fin.

Los hechos apenas fueron registrados por la prensa. Pero en ese «apenas» cupo un mundo de prejuicio que el colectivo Ovejas Negras señaló en un comunicado: varios medios utilizaron en sus notas «un nombre masculino para referirse a una persona que claramente tenía una identidad de género femenina», lo hicieron a pesar de que la ley ampara el derecho de las personas a ser llamadas públicamente por «la identidad de género y el sexo que sienten como propios». Señalaron también la diferencia en el trato con otros crímenes: los medios no conjeturaron sobre posibles causas, ni contactaron amigos o familiares, entre otras diferencias. Y finalizaron preguntando: «¿Es que una persona trans ‘no califica’ en Uruguay como ser humano cuyo nombre propio merecemos saber y cuyo asesinato debe aclararse rápidamente? ¿Qué lleva a la prensa a dedicar abundantes líneas y minutos con informes detallados sobre los crímenes que toman la vida de una persona en Uruguay, salvo cuando esta persona resulta ser una mujer, trans, pobre y que ejerce el comercio sexual?». La tinta no había secado cuando una tercera víctima, esta vez en Cerro Largo, fue hallada muerta este martes. En un aljibe, con visibles signos de violencia, Pamela, de 26 años, fue encontrada tras ocho días de desaparición.

¿Quiénes son? Poco es lo que se conoce en Uruguay sobre la vida de las personas trans. El Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales (Udelar) tiene en curso una investigación financiada por la csic que pretende estimar el número de población, y saber cómo se entretejen con la identidad de género y sexual aspectos como los vínculos familiares, laborales y educativos.

Aunque falta para tener datos ciertos, sí hay una cosa clara, y es que el alto nivel de discriminación al que son sometidas en particular desde la adolescencia, expulsa -sobre todo a las mujeres- hacia la prostitución. Son muy pocas las que logran salir de ese círculo, o no entrar siquiera. Y para ello juega un papel fundamental el vínculo familiar, la capacidad que esos afectos tengan de combatir el discurso transfóbico que impregna a la sociedad. Aquí, una primera observación: las mujeres trans suelen quedar más desguarnecidas que los hombres de esa protección. Es que, en la subversión del «orden establecido» (los trans demuestran que a tal anatomía no necesariamente corresponde tal identidad de género), también hay escalas, también se repiten patrones de género: «A un padre le hace menos ruido -interpreta el profesor Diego Sempol, integrante de Ovejas Negras- que una hija se rotule como hombre que un hijo se reconozca mujer». Cuando «ellas» asumen su identidad masculina, los padres pueden «a pesar de todo» aceptar y querer a esa hija con pretensiones masculinas. Por cierto que eso no las salva de la discriminación y del alejamiento del espacio público; pero si por el contrario son «ellos» quienes deciden «disfrazarse» (en la concepción heterosexual) de mujer, es cuando el vínculo termina de romperse y las más de las veces son expulsadas del seno familiar. Atados a esa ruptura -que suele darse en la adolescencia- está el abandono de los estudios y la incursión en la calle, antesala, la mayoría de los casos, de la prostitución.

«Desde su sentido común, pero también desde el sentido común de la sociedad», la prostitución es el «lugar» asignado a las trans, dijo a Brecha el coordinador de la investigación, el sociólogo Carlos Muñoz. No buscan otra forma de ingreso, pero consideran -con bastante razón- que si lo hicieran tampoco la encontrarían. ¿Por qué los uruguayos habrían de integrarlas, si son ellos mismos quienes se encargan de empujarlas hacia el borde de la sociedad? A su vez la prostitución -que, para el caso de las personas trans, Muñoz considera que no puede denominarse trabajo- se ve reforzada por otra realidad: es allí donde construyen su propio espacio, donde mejor pueden dramatizar su ser mujer, donde pueden ser tratadas como tales; aun en medio del entorno violento con el que conviven.

La investigación planea llegar a las 300 entrevistas, de las que ya se han hecho 100. De ellas, muy poquitas están por fuera del circuito de prostitución. Alguien que cocina y vende lo producido en las ferias, alguna que consiguió un empleo público… La mayoría permanece, sin vínculo entre ellas, elaborando estrategias individuales para salir adelante. Las pocas experiencias colectivas que intentaron emprendimientos para salir de la prostitución fracasaron. Dos cooperativas trans de packaging que funcionaron años atrás, culminaron apenas cesó el subsidio que las hizo nacer, algo que parece lógico cuando se piensa que la violencia -real y simbólica- a la que se las somete desde temprano no da tiempo al desarrollo de habilidades sociales que faciliten el trabajo en grupo, ni siquiera permite generar una cultura de trabajo; apenas hay espacio para protegerse de los ataques por todos los flancos. Si a eso se suma que el miniemprendimiento necesita que la contraparte supere la transfobia, es muy difícil el éxito, razona Sempol.

Así, apartadas del mundo pero recluidas en la calle, las trans generan una cultura propia. Su propio vocabulario, sus propias pautas, cargadas de la violencia expresada en ser llamadas por su nombre masculino (o femenino, según el caso) en los centros de salud, o durante cualquier trámite, ante los ojos y oídos del público; la violencia de ser discriminadas por los propios discriminados (por ejemplo, las personas trans suelen tener vedada la entrada a boliches gays con el argumento de que quienes «vienen tras ellas» son el problema y espantan a los habitués del lugar), las miradas e insultos en las calles y la peor de todas: el rechazo familiar. Así construyen su mundo, donde lo importante cobra nuevos significados: una baldosa floja en la vereda donde trabajan puede salvarles la vida o evitarles un mal rato, la inteligencia de hablar con los conductores desde la ventanilla del acompañante -adonde los cuchillos no llegan-, también.

Cuerpos torturables «No tienen legitimidad en tanto víctimas», coinciden los investigadores al referirse al porqué de la indiferencia social. Su situación no genera empatía, y a pesar de que son más vulnerables que casi cualquier grupo social, se los suele ver como alguien/algo que merece «ser limpiado». En todo caso, son «víctimas culturales», dice Sempol, porque la perspectiva cultural en la que se construye ese concepto las invisibiliza. Como durante estas semanas aquí en Uruguay, donde a nadie llamó la atención ninguna de las muertes.

Sempol, que trabaja en su tesis doctoral sobre la acción colectiva y la violencia estatal en los contextos de las transiciones democráticas en Argentina y Uruguay, habla del autoritarismo moral -además del político- que imperó durante los años de dictadura, y que tuvo a las personas trans como un grupo especialmente violentado. Fueron detenidas, secuestradas, torturadas con los mismos métodos que los disidentes políticos. «Y como las tenían identificadas, a veces iban a buscarlas a la pensión. Cuando la comisaría quería hacerse una ‘fiestita’ levantaban dos o tres trans y las tenían una semana obligándolas a tener relaciones sexuales en forma violenta», narró el investigador en una anterior nota publicada en Brecha (11-II-11). Y si, finalizado el período, los grupos que denunciaban los delitos políticos fueron obteniendo una creciente legitimidad para ocupar el espacio público, no sucedió lo mismo en estos casos, completa ahora Sempol. En la narración del pasado reciente que hacen las víctimas permanece ausente el relato de las trans. Tan en la oscuridad como ellas, con el agravante de que la violencia no cesó con la reapertura democrática. A las razias de los ochenta le siguió la violencia cotidiana que perdura hasta hoy.

¿Hay algo/alguien más abajo en la escala social que una persona trans? «Creo que en términos de desprecio e indiferencia social los trans son lo más bajo», respondió Sempol. Quizá en ese sentir colectivo esté la clave para entender por qué hoy para los trans no parece haber salida.

Cambiemos

Desde que comenzó a trabajar en junio de 2011, la comisión encargada de entrevistar a las personas que pretenden hacer el cambio de nombre y sexo registral concretó 40 entrevistas y envió los respectivos informes al juez. Sus integrantes, la asistente social Andrea Tuana y la psicóloga Elsa Durán, son las encargadas de los informes sobre los que la justicia basará su decisión para acceder o no al cambio. Por ahora ningún caso ha sido negado (de los 40 han finalizado el trámite cinco o seis). Tuana dijo a Brecha que si bien en un principio pensaron que se verían desbordadas por el trabajo, lo cierto es que las solicitudes son pocas y que la gente parece desconocer la ley y el mecanismo para acceder a la comisión. Hoy no hay ningún pedido procesándose y se estudia la posibilidad de que la comisión pueda trasladarse al Interior para, considerando las dificultades económicas del universo trans, facilitar los trámites.


Con Gloria Álvez, presidenta de la Asociación Trans del Uruguay

«Recibí mucho garrote antes de que me echaran»

-Una de las consecuencias más claras de asumir una identidad trans es la pérdida de los vínculos familiares y el abandono de los estudios ¿qué pasó en tu caso?

-A mí me ocurrió cuando era súper joven. Éramos tres hermanos y una hermana. Mi madrastra, no sé si por mi inclinación, que ya se notaba, sentía rechazo hacia mí y vivía quejándose con mi padre, que me golpeaba. Recibí mucho garrote antes de que me echaran. Cuando lo hicieron inicié un largo periplo: el Consejo del Niño, estuve con una tía y con otras parientas. A los 17 años vine a dar a Montevideo. Un poco más grande comencé a ejercer la prostitución.
En la escuela abandoné en quinto año. También estuve en el colegio Sagrada Familia, en Salto, me puso mi tía. Quien oficiaba de maestro, que era un cura, me dejó en penitencia hasta después de que salieron los demás compañeros… hoy día me doy cuenta de que fue un abuso… hizo que lo masturbara. Después citó a mi tía y terminó diciéndole que yo no podía seguir en el colegio porque tenía tendencias homosexuales.

La de la familia es la discriminación más cruel: no es tu vecino, el de otro lado, es tu propia familia. Hace poco una chica murió en la ruta, dicen que se arrojó bajo un auto argentino. Su familia no se interesó, no pidió los informes en Policía Técnica, nada. El sobrino de una de las chicas muertas ahora sacó las pertenencias de la casa donde vivía, pero nada más. Si ellos no se ocupan no podemos hacer nada, la Policía no nos da los informes a nosotras.

-El período de la dictadura fue particularmente duro para las trans. ¿Cómo fue?

-Brutal. No sólo para las trans, pero en ese momento éramos muy perseguidas. Dependiendo de en qué calle trabajaras podías estar detenida tres, cinco, 15 días en los calabozos. Había chicas que paraban en bulevar Artigas, por Canal 5, y tenían 15 días de detención. Si salían y volvían a pararse en esa zona se comían otros 15 días.

En ese tiempo trabajaba en la zona cercana al parque Rodó, por 21 de Setiembre, y me daban tres días. Te perseguía la seccional de tu barrio, los patrulleros, el grupo especializado (que era un ómnibus que andaba toda la noche y te llevaban a la seccional del Prado), Hurtos y Rapiñas, Orden Público, Automotores… toda la Policía lo primero que hacía era llevarnos. Y las Fuerzas Conjuntas, en esas camionetas grises todas camufladas. Toda una transa la que tenías que hacer, correr mucho. No alcanzabas a descansar una noche que te golpeaban las puertas y te llevaban detenida. Era muy cruel.

-En un trabajo académico en curso, Diego Sempol recoge que las trans fueron violadas, torturadas, secuestradas, igual que los presos políticos, pero con una intención moralizante.

-Nada de lo que dijo es mentira.

-¿Qué pasó a la salida?

-Todo el mundo habla de la memoria, pero parecería que nadie se acuerda de que somos personas. También tenemos memoria y recordamos perfectamente quiénes y cuándo nos torturaron y las cosas que nos han hecho. Son pocos quienes intentan recoger testimonios, pero luego queda todo quieto. En su momento Amnistía Internacional tomó contacto conmigo. Hablamos, pero no sé cuál es luego la traba o la presión que se ejerce, y nada sucede.

-¿Nunca recuperaste el vínculo con tu familia?

-Hace 15 años tuve un accidente y mi pareja se comunicó con mi hermano, porque yo quería hablar con mi padre. Quedaron en que al otro día llamaría, pero jamás lo hizo. Entonces llamé yo. Mi hermano me explicó: «Mirá, cuando le conté a papá, él se sentó bajo la parra, se quedó pensando un rato y luego me dijo: ‘Estuve 40 años sin verlo, pueden pasar 40 años más'». Corté, me abracé a mi pareja y seguí adelante. Nunca más volví a saber.

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