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Geopolítica histórica y la teoría de la dependencia en América Latina

Fuentes: Rebelión

Cuando tratamos de los fenómenos geopolíticos e independencia económica en la América Latina del Siglo XXI, se trata de contraponer un elemento indiscutiblemente sobresaliente contra una realidad que yace oscura a un pasado perdido mas retóricamente por los miedos de unas generaciones ideológicamente en disputa que por las fuerzas de realidades concretas. El peso de […]

Cuando tratamos de los fenómenos geopolíticos e independencia económica en la América Latina del Siglo XXI, se trata de contraponer un elemento indiscutiblemente sobresaliente contra una realidad que yace oscura a un pasado perdido mas retóricamente por los miedos de unas generaciones ideológicamente en disputa que por las fuerzas de realidades concretas. El peso de las verdades siempre tiene su propia gravedad y termina atrayendo hacia ella a las personas. Tampoco podemos partir sin clarificar que estos fenómenos geopolíticos son más bien efectos que causas y deben ser vistos como tales. No se puede negar que existe una relación clara entre geografía y pensamiento político, tampoco se puede negar que el pensamiento de las generaciones que conformaron un debate entre la vieja y la nueva izquierda entre las décadas de 1960 hasta 1980 ya ha sido superado por la propia realidad mundial, sin duda ese debate tiene herederos en la actualidad pero los contextos y realidades son muy diferentes. Sobre todo ha cambiado en como esta el mundo conformado a casi 30 años de la caída del bloque socialista gravitante a Moscú. El triunfo de occidente en la guerra fría es la gran fanfarrea que aun cantan los círculos de poder en el norte global, aun cuando no se habla jamás en publico de ello, ni se reconoce su importancia en términos históricos, se le otorga mayor peso a la II Guerra Mundial en la conformación actual de intereses de poder, cuando en realidad el factor histórico mas determinante es otro.

Por otro lado, ha sido establecido en mis análisis previos que el principal objetivo de los teóricos ¨dependentistas¨, cuyos principales exponentes fueron Fernando Cardoso, Aníbal Pinto, Gunder Frank, Paul Sweezy y que Eduardo Galeano tradujo en prosa poética digerible a las masas intelectuales, no era exclusivamente denunciar las formas y desmesuras del capitalismo contemporáneo. Estas tendencias, inconscientemente motivadas por una posición política propia, más bien terminaron estableciendo determinadamente un camino explicativo más conveniente alejándose de las teorías marxistas que implicarían un análisis exhaustivo de las contradicciones de clases en la espacio de la sociedad núcleo y de las formas antagónicas en que el capitalismo termina produciendo pobreza en cada figura al interno del estado – nación. Porque no explicar pues ilustrativamente estas formas es la pregunta que nace. Sin desmeritar a esos autores nos referimos a ellos como un grupo de personas que, si bien, esmeradas en el cambio, lograron hacer un epigrama impensable en cualquier otra región del mundo en aquel momento. El problema fue que lograron imponer su teoría al tiempo que eran aplaudidos por la comunidad internacional que terminó por diseminar sus publicaciones alrededor del mundo pues se adaptaban bien al statu quo, y a la explicación principal del tema de la pobreza. Mas tarde aparecería otro miembro de la nueva izquierda, Immanuel Wallerstein, complementando y refinando la teoría inicial de la dependencia adaptándola al publico y nivel intelectual del siglo XXI en el así denominado Sistema Mundo. En este aparecería ya no solo una periferia y un centro sino una semi-periferia.

Nuestra postura es que la dependencia capitalista transnacional no es el origen sino el resultado (aun fallido) de las condiciones de las luchas de clase nacionales. En este artículo analizamos la historia de las relaciones de dependencia, o sea de las consecuencias del entramado mundial de relaciones de poder, ahora capitalista, para contraponerlo con una realidad tangible, un discurso hegemónico al interno de la izquierda que termina dominando la raíz del propios sistema político que pretende establecer.

En cuanto a la premisa que uno de los elementos más sobresalientes en el subdesarrollo de nuestra región ha sido entre otros el aislamiento y la uni-direccionalidad de las repúblicas hacia un centro externo y como consecuencia la división entre éstas, se exponen las siguientes notas sobre los elementos geográficos e histórico-políticos que refuerzan esta noción. Hablamos de cómo esta tendencia ha sido mantenida desde el inicio o bien antes de la liberación independentista de las repúblicas pero también de cómo han sido utilizados por las potencias extranjeras a la región con sus aliados locales de clase para acentuarlos hacia determinados resultados políticos a nivel de país. En ese sentido demuestro, aunque no siempre evidentemente para el lector, como más frecuentemente que no, se ha depositado sobre esta teoría sub imperialista, y la subsecuente dependencia capitalista, como la razón primera del actual estado de cosas en América Latina, es decir, su decadencia generalizada.

Desde el punto de vista global, América Latina es una guirnalda de tierras predominantemente estrecha que cae como dominó en un eje norte-sur rectilíneo y continuó uniendo las tierras del norte mexicano con las puntas de la Tierra del Fuego argentina y chilena. Se trata de una de las expansiones territoriales más extensas del mundo respecto a un conjunto de países de denominación común cultural. Los lazos históricos, lingüísticos, culturales y políticos en esa región del mundo son incontestablemente similares. Posiblemente ninguna otra gama de países comparten tantas cosas en común como los países de América Latina, cercanos tal vez solamente a los países árabo-musulmanes que se extienden desde las costas occidentales de África en Marruecos y Mauritania hasta Pakistán. Esta franja de tierra generalmente escarpada en su flanco occidental por las dos predominantes cordilleras montañosas y generalmente extendida en su flanco oriental atlántica acoge esparcidamente entre innumerables valles al menos 500 millones de habitantes rurales y ahora predominantemente urbanos. La región se ensancha solamente en la línea recta que cruza entre el cabo más sobresaliente del estado brasileño de Rio Grande do Nord, y las costas del norte de Perú. Sin embargo, este ensanchamiento es interrumpido, lo separan las grandes extensiones de selva amazónica inhabitada produciendo una nueva estrecha línea marítima de conglomerados poblaciones lusófonos que se extienden desde Manaos y Belem hasta Porto Alegre pasando pro Recife, estas grandes franjas poblacionales se unen con una gran confluencia de habitantes hispanohablantes en el río de La Plata. A los 300 millones de estos últimos se unen 200 millones de brasileiros. La construcción de la capital de Brasil, Brasilia, en la década de 1950 se concibió como un intento por romper el esquema de orientación marítima nacional y proceder a la conquista territorial del interior. Su éxito es aun cuestionable, pero refleja que el fenómeno de dispersión de nuestras poblaciones es un problema relativo.

Como resultado y relativamente a otras regiones del mundo, las comunicaciones terrestres y marítimas entre estas naciones son dispersas y la intensidad de las interacciones es baja, sobre todo en Suramérica que presenta una densidad poblacional bastante floja. En Centroamérica y el Caribe aunque la densidad poblacional es significativamente más alta, esta área está aún más orientada a las relaciones con el gran territorio norteamericano que entre ellas mismas en comparación al cono sur. Por ejemplo, es un hecho real que prácticamente las relaciones políticas y comerciales de las Antillas con Centroamérica son casi inexistentes, un asunto inconcebible a estas alturas de la historia, sobre todo en un momento que el mundo vive una gran expansión de la conectividad internacional, un fenómeno que se ha dado en nuestra región pero comparativamente acentuado.

Por otro lado, uno de los elementos más característicos de la región, y de todo el continente americano en general, es el hecho de estar rodeada en los costados por dos grandes masas de agua. Los dos grandes océanos de la tierra rebaten sobre sus costas aislándola del resto del mundo, por un lado el Pacifico y por otro el Atlántico. Este fenómeno ha creado a la vez un efecto y también un sentido propio de aislamiento de toda la región y sus habitantes con respecto al resto del mundo. El caso de los Estados Unidos y Canadá, aunque también han sido republicas aislacionistas por convicción, es distinto pues sus costas no solo están dispuestas desde una posición más oriental hacia Europa sino que se encuentran en el mismo hemisferio (norte) que sus ex metrópolis coloniales, Gran Bretaña y Francia. Eso facilitó la comunicación y la cercanía de esas grandes regiones que constituyen hoy en día el centro de potencia de la economía occidental, Europa occidental y Norteamérica. España por su parte, decayendo la fuerza de su nación desde fines del siglo XVIII, ha tenido muchos problemas para mantener con fuerza los lazos con sus ex colonias, contribuyendo aún más al aislamiento de América Latina desde el punto de vista cultural. España, además de sus limitaciones tecnológicas una vez llegada la caída de su imperio, se distancia de sus ex colonias también por una lejanía hemisférica.

Cabe resaltar, sin embargo, que el triángulo formado por el bloque de tierra que contiene a las repúblicas de Suramérica se encuentra orientado hacia las tierras africanas desde donde, según las teorías de formación de la tierra, este último se separa a una velocidad de 2 centímetros por año. Este efecto de despegue ha ligeramente alineado la costa del Pacifico no solo con la costa atlántica de Norteamérica sino con el eje central del continente africano orientando ambas puntas hacia el centro antártico del polo sur. Eso si tomamos a África como un triángulo. En ese sentido el cono sur ha percibido una lejanía estimada tanto de Europa occidental como de EE.UU en términos proporcionales guiando su comercio hacia ambos lados y permitiendo relativa independencia en elección propia nacional. De todas formas las márgenes sur de Brasil y las naciones del Rio de la Plata ya constituyen prácticamente entornos emparentados con la Europa latina de nuestros días. En ese contexto, Norteamérica goza y reclama de influencia predilecta sobre Centroamérica y México, y en alguna medida sobre el Caribe quienes se encuentran arrinconados en las sombras internas del golfo de México cual barrera física. De hecho México termina encontrándose mayormente alineado a las tierras occidentales de la Nueva España norteamericana. Los ejemplos más tangibles de este fenómeno lo determinaremos por la repartición física de los mercados hecha por las grandes potencias comerciales en su momento. Lo encontramos en los tomacorrientes de dos paletas que se encuentran en Centroamérica en oposición a los dos palillos redondos de conexión europea que se encuentran en Chile o Argentina. Lo vemos en el sistema decimal que llega hasta Costa Rica con 0,000.oo y que de Panamá en adelante se convierte en 0.000,oo y también en el zonaje determinado para el uso de DVDs en formato película. Centroamérica y México permanecen al completo dominio norteamericano al tiempo que Suramérica, un tanto alejada, goza de mayor independencia relativa, aunque siempre dominada. Un conocido dicho mexicano ilustra esto «…Ay… pobrecito México; tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos».

Por otro lado, existe el discurso de la repartición cultural del mundo actual por parte de las naciones de Europa occidental (Holanda, Bélgica, Gran Bretaña, Francia, España y Portugal) y tiene mucho que ver en la teoría expansionista del capitalismo de la dependencia pues intuye sobre las condiciones y circunstancias de las relaciones de poder colonia – metrópolis. Este sistema termina siendo el que EE.UU incriminaría para hacer su propia aparición, después de sus aventuras colonialistas «fallidas» en Cuba y las Filipinas concibiendo un sistema mundo de extracción corporativa que sustituiría a las West Indies Companies a través de un orden nuevo liderado por éste. Europa terminaría aceptando a regañadientes, incluso Portugal en los tardíos años 70, sin embargo la evidencia muestra que en la actualidad prevalece aun una vía intermedia entre estas relaciones Colonia – Metrópoli y el poder corporativo en donde prima el mejor, «el más competitivo».

Desde el siglo XX España evoca gran parte de sus fuerzas para obtener hegemonía en Europa, un espacio físico privilegiado para ella, esto prevalece a cambio de jugar partido demasiado estrecho con las grandes potencias suramericanas, que si bien son sus hermanas, hijas propias, padecen de un aborto eminente. Nadie puede negar que la república hermana de España es Argentina más que cualquier otra nación europea. En algún momento de la postguerra, España observa y toma como dirección, opuesta a Portugal, formar parte del club de naciones poderosas, un puesto que aun hoy en día lucha por obtener, en el G8, en el Consejo de Seguridad, en la OTAN, y que en general constituyen grandes fracasos para la política exterior española. En este menester observa a sus ex colonias con poco empeño, poco empuje diplomático y pocos esfuerzos políticos. La llegada de la democracia española de los años 80 acentúa aún más esta orientación. Portugal, por su lado, toma otra decisión, percibiendo su rol poco protagónico en la escena de Europa unida y en la OTAN, en la que decide participar desde 1985, pero sin dejar de lado lo que sería su principal eje en la política exterior; las relaciones con las ex colonias lusófonas. España observa esta desproporción lusófona como eje comparativo, pues el balance Lisboa-Brasilia es muy distinto del de Madrid – Buenos Aires y México. La fuerza requerida para ejercer predominancia es inmensa y España prefirió acoplar solamente algunas de sus principales alianzas, como ser Cuba en cierto momento, México, Argentina y más recientemente Colombia y Perú. Más que una república madre empecinada en su rol hegemónico durante la crisis de privatizaciones, España movilizó todo su potencial para adquirir activos argentinos en un sinnúmero de sectores de la economía. A pesar de eso la España, que en los últimos 30 años ha intentado acercarse y estrechar lazos comerciales y culturales en nuestro continente, se ve con la penosa situación de encontrar un mundo completamente distinto al que dejó casi dos siglos atrás. Aunque nunca dejó por un lado sus lazos con las repúblicas del Caribe y con otras grandes capitales en muchas de las regiones internas de las naciones algunos de sus habitantes nunca han visto españoles en sus vidas, y penosamente en los casos de bajo nivel educativo no se sabe qué es España o que de ahí se deriva nuestra lengua castellana. Lo opuesto ocurre hoy en día en las excolonias portuguesas, en donde la gran mayoría de la población percibe la influencia cultural portuguesa en sus propias culturas, y no solo el sincretismo, sino la percepción a favor o en contra de pertenecer a esa comunidad de naciones. Obviamente hay razones mucho más complejas para explicar este fenómeno pero contribuye como elemento explicativo en nuestro debate sobre la relación política que podría ostentar la España de hoy en nuestros territorios.

Contrario a las colonias ex portuguesas exceptuando Brasil, las naciones latinoamericanas se constituyeron finalmente como sus propios centros indiscutibles de cultura hispana, aun en el caso de las pequeñas repúblicas de Centroamérica. En nuestra región, la nacionalidad nace en cada capital hispana, y la ex metrópolis, la corte de Madrid, poco juega en el papel de identificación inicial e identidades nacionales de la actualidad. Un puesto distinto ocupa Lisboa, Paris y en cierta medida Londres en el rol de definición de la lusofonia y la francofonia respectivamente. Gran Bretaña resultó experimentando algo parecido a España implantando repúblicas puramente independientes, sin embargo su rol como potencia mundial ininterrumpida prácticamente desde el siglo XVIII (aun en G8) provocó que su impacto cultural, y de hecho control geográfico sobre sus excolonias, predomine hasta nuestros días. La corte de Londres es aun soberana sobre Canadá, Australia y Nueva Zelanda y sostiene una gran hegemonía sobre las relaciones por un lado transatlánticas de Europa con EE.UU. (aunque no siempre fue asi) y por sobre la Commonwealth of Nations.

Por otro lado, las interacciones de los países de lengua portuguesa constituyen un claro ejemplo de los lazos culturales de Lisboa con sus ex colonias. La organización CPLP (Comunidad de Países de Lengua Portuguesa) es una organización supranacional muy funcional y cuyas jurisdicciones se extienden desde América del Sur hasta el Sur Este Asiático. La CPLP tiene funciones tan ambiciosas que llegan a inferior en los sistemas político-sociales de los países miembros. Durante los últimos años de la colonia portuguesa los nacionales de las colonias gozaban de una ciudadanía lusófona. Seguidamente se da una ruptura con la metrópolis durante la independencia en las décadas subsecuentes a la 2da guerra mundial. Sin embargo, casi de inmediato se da un acercamiento. También Portugal, durante la guerra fría tuvo una posición de apoyo a los procesos de autodeterminación de Angola y Mozambique, tendiendo a remediar las condiciones del lado de la Unión Soviética más que del lado de las demás potencias Occidentales capitalistas con las cuales seria socio en la OTAN. En el caso de Timor Leste, Portugal no reconoció nunca la invasión indonesia y abogó frente a las Naciones Unidas por la liberación de ese país desde el primer momento y hasta la ejecución del referéndum de independencia, oponiéndose frontalmente a las intenciones de Australia y el resto de socios dentro de la OTAN y la UE. Es evidente que una menor ejecución de fuerza imperial y mayor integración colonial con los territorios de ultramar hacen que las colonias portuguesas sean las últimas en el mundo en independizarse ya bien adentro de los años 70. Muchos africanos sentían que Portugal más que un amo colonial era parte de su territorio pues les había otorgado una nacionalidad, un gentilicio portugués. Portugal, no poseyendo un ejército ni cercano al tamaño de lo que tenía Francia, negocia con una política integracionista más consenduada en ultramar que cualquier otra potencia europea. A tal punto que hoy en día Portugal es considerada como república hermana entre muchos pueblos lusófonos y se dice de Lisboa ser la capital con menos racistas en Europa occidental.

La historia de Inglaterra como potencia anfitriona sobre América Latina durante todo el siglo XIX tiene una remarcada importancia sobre el nacimiento de las nueva repúblicas. Todo giraba en torno a Londres en cuanto se refiere a créditos bancarios, transporte con Europa, importaciones y exportaciones, los embajadores y cónsules de Westminster eran las figuras más sobresalientes en la política local en cuanto a todo el contexto internacional. Era con Inglaterra que los gobiernos latinoamericanos negociaban todo intento de proyectos desarrollistas sea minería, ferrocarriles, producción interna etc. Gran Bretaña traía consigo toda la audacia de la revolución industrial que estaba ocurriendo en ese tiempo real en el archipiélago. La disciplina corporal de las fuerzas productivas inglesas habían superado todo presagio europeo, convirtiéndose el archipiélago en una fábrica mundial de productos de alta tecnologia. Por primera vez las repúblicas pueden sentir el impacto de la dependencia y una desventaja estructural que las debilita. A pesar de la recientemente acuñada política Monroe en Estados Unidos, Inglaterra continuó gozando de privilegios de dominación debido a las implacables destrezas de su flota mercante durante todo el siglo XIX. Inglaterra hizo con Latinoamérica simplemente lo que venía haciendo desde hacía dos siglos en la India, en África, y en sus otras new world colonies (Nueva Zelanda, Australia, Sur África y Canadá), comerciar con privilegios aduaneros sus productos industriales a cambio de adquisición de materias primas y protección militar, penalizando a otras potencias. Estados Unidos, aunque se perfilaba ya con una gran nación «the American Continent» no tenía flota mercante desarrollada, no poseía estructura física ni institucional para emprender un agresivo comercio exterior ni mucho menos para poseer imperios coloniales, la industria era precaria, y aunque lo deseaba, se lo impedía el hecho que en gran parte, las fuerzas nacionales estuvieron desde la independencia, concentradas durante 100 años en la formación de la propia nación. Los 13 estados fundadores, en lugar de mirar hacia el Atlántico, se miraban obligados a concentrarse en lo que estaban haciendo, sin saber a ciencia cierta las consecuencias que tendría, los millones de pioneros que se internaban en los bosques interminables del oeste para poblar otros estados de nueva creación. La conquista del Oeste resultó siendo una tarea tan extensa que le llevó un siglo a EE.UU. poder salir de su caparazón y llegar a disponer de recursos naturales en gran escala externos a sus fronteras en el Caribe, México y Centroamérica. Es a finales del siglo diecinueve que el capitalismo nacional se ve ya forzado a buscar recursos foráneos en las inmediaciones de su territorio, no sin afectar esto lo que se conoce internamente como la política de Aislacionismo. El término se da más por una circunstancia que por una convicción propia pues posteriormente en la historia se observa como EE.UU. inevitablemente rompe con ese aislacionismo y desarrollaría todo un imperio moderno, cual Roma Antigua, que llega a extenderse en el resto del mundo.

España, que tuvo relaciones estrechas con el tercer mundo, benefició su nueva posición de potencia recientemente adquirida en contraposición al mantenimiento de esas relaciones. Si bien las naciones latinoamericanas, semi esclavistas y más conservadoras que sus contrapartes portuguesas se prestaban a este tipo de situación. Cuba reclamó en su momento este distanciamiento, sin embargo no constituyó masa crítica para un cambio. Fidel Castro llegó a pronunciar en entrevista con TVE sus esperanzas de una España más cercana a los procesos sociales en los países del sur. Con la llegada del partido Podemos Unidos a la política española se espera que este fenómeno cambie o se balanceé. Sin embargo, lo que se da como tendencia histórica contemporánea es más bien un «aborto político» de España hacia sus ex colonias. Incluso para un sector político latinoamericano esta separación se percibe como «calamidad familiar» sobre todo después de las infortunadas palabras del Rey Juan Carlos en plena cumbre iberoamericana en Santiago de Chile. A partir de este momento España desvela su clara preferencia sobre las élites comerciales del conteniente rompiendo con la nueva izquierda política y con los pueblos detrás de ésta. En la actualidad existe solamente esta unión entre pueblos, desde amplios sectores de las poblaciones andaluzas y canarias con las masas latinoamericanas. Por alguna razón ha sido la única región peninsular en ocuparse de los menesteres más allá del Atlántico. La institucionalidad septentrional de la península ha favorecido las relaciones con América, y las ha contrapuesto en alguna manera a las relaciones con Europa occidental, mientras el problema se agudiza desde Madrid hacia el norte es más que evidente. Es muy probable que este fenómeno sea un pacto de la política española de antaño. Aunque es extremadamente exótico que una nación deba dividir geográficamente su política exterior. De alguna manera también España, en complacencia con las potencias europeas y EE.UU., entrega su sistema educativo universitario y la potencia de su industria al destino. En España es evidente que por un lado, las universidades e instituciones de investigación, y por el otro, tanto su desarrollo tecnológico como la producción tecnológica no responden al nivel de desarrollo social que el país ha obtenido desde la última mitad del siglo XX y a la largo de su gloriosa historia. Por alguna razón se ha impuesto un acuerdo político en el que se ha percibido con miedo que un eventual desarrollo de la academia española, y por tanto su sistema productivo, podría ser plagiado como modelos de desarrollo por parte de las repúblicas americanas dado el nivel tan aproximado de éstas. Resulta desconcertante como incluso las universidades portuguesas acuerdan hoy en día un mayor desarrollo de la ciencia y la investigación global que las españolas que permanecen provincialistas. Salamanca es un mito en América Latina, sin embargo no tiene ninguna preponderancia en el contexto Europeo. Solamente la Universidad Complutense y la Universidad Autónoma de Barcelona sobresalen pero España podría aspirar a mucho más que eso. Es así como meramente por su localización en Europa los títulos online venden como pan caliente entre las clases medias latinoamericanas. Sin embargo, encontramos la explicación en que la crisis financiera internacional del 2008 golpeó tan fuerte a la nación pues se encontraba gozando, desde hacía dos décadas, de estándares de vida muy superiores a los que su sistema científico productivo podrían aspirar. Muchos autores denunciaron estas mismas razones por sobre lo que estaba pasando, la caída de la economía española fue más fuerte que en otros países pues Italia, Grecia o Portugal estaban ya consignadas a una economía menos creciente y el nivel de vida era el adecuado al nivel de desarrollo real de cada región sobre todo en Italia, en donde se aprecian sustanciales diferencias económicas entre el norte y el sur, idénticas y correspondientes a las que se ven a simple vista en cuanto al desarrollo industrial y científico entre el norte y el sur. Esto no pasaba en España en donde incluso la pobre Andalucía estaba gozando, desde finales de los años 90, de niveles de ingresos altos y no paraban las inversiones en aeropuertos, carreteras y trenes de alta velocidad (que hoy en día son vistos como elefantes blancos). El establishment de poder en España, muy probablemente en consonancia con EE.UU. y Europa, había estimado que el bajo desempeño industrial podía ser sustituido con dos elementos. Por un lado, el boom artificial de la construcción que parecía no tener límites inyectaba capital a la economía de los españoles de a pie otorgando prosperidad a la inmensa y predominante clase media española, y por otro el desarrollo de marcas que podían competir internacionalmente dados los bajos costos de la mano de obra española en comparación a las otras repúblicas europeas no sin imitar, fortaleciéndose, su calidad y prestigio, pues después de todo los habitantes de Vietnam o Honduras no saben diferenciar entre la calidad de las costuras hechas a mano en Italia o las prendas maquiladas en Turquía por firmas españolas como Zara, Mango, Desigual y otras, pero también Banco Santander, BBVA, Renfe, Telefónica, Santillana y otras. Es así como mientras las grandes marcas francesas inundan el mercado español (Carrefour, Renault, Fnac, Total, etc), son las grandes firmas españolas de textiles, fármacos, editoriales y otros de industria intermedia inundan el mercado latinoamericano, que puede pagar éstas y no las francesas que resultarían demasiado caras. Aunque no parezca a primera vista estas transnacionales de maquila y servicios no están sustentadas por un verdadero desarrollo interno y promueve una industria rudimentaria que si bien crea empleos, no están contribuyendo al desarrollo en escala de la economía española, ni mucho menos una industria integral; clave para el desarrollo verdadero y mantenimiento del Estado de Bienestar. En algún momento a finales del siglo XX España es incluso desprovista de su propia marca de producción automovilística, al tiempo que de golpe produce algunas partes para el nuevo Airbus A380, pero no podría estar, al día de hoy, preparada para ensamblar completamente, de la misma manera que lo hace Francia justo a escasos kilómetros de su propia frontera con España, en Toulouse. Algo muy similar a lo que ya pasa en Brasil que no teniendo industria integral y en escala posee una de las tres grandes marcas mundiales exportadoras de aeronáutica. Pensamos que España o es participe de ello voluntariamente a través de algunas piezas de su política interna, o sin darse cuenta forma parte de una estrategia internacional de complot a su economía. Habrá que observar que sucede en los próximos años, y en las decisiones que tome el gobierno español podremos observar hasta qué punto están interesadas las naciones occidentales a seguir inyectando artificialmente capital en España, con el objeto de crear un desarrollo ficticio, y hasta donde España estará interesada en aceptar esa manipulación que no hace más que afectar a sus propios habitantes. De estas decisiones podremos inferir de cuanto son capaces las ambiciones imperialistas, y hasta qué punto, es importante para occidente la pobreza y subdesarrollo de América Latina desde todas las fuentes de donde esto pueda emanar. Un miedo real confirmaría que de acuerdo a los termómetros occidentales, América Latina tiene ya las condiciones del desarrollo, unas condiciones reprimidas, para su propia liberación económica, explicando esto el empuje que tienen los gobiernos independientes en su desarrollo económico. Lo confirman el hecho de como el PID de Venezuela y Ecuador se han más que duplicado al solo entrar en vigor una serie de políticas que rompieron con el antiguo modelo económico.

 

Una declaración de la casa real española en el contexto de la madurez de la crisis financiera despierta curiosidad, y confirma esta tesis, la tesis de que dentro del establishment español se ha aceptado este fenómeno de asimilación anti industrialista. España en la actualidad sirve como puente geográfico para nuestra región con respecto a las relaciones con el resto del continente Europeo, y muchas veces con las tierras más lejanas del mediterráneo oriental, o sea el medio oriente y África. Durante la última crisis económica el abdicado rey Juan Carlos, en una cumbre iberoamericana hizo un llamado de bienvenida, y ofreció privilegios, para todas las corporaciones latinas que se establecieran en España en búsqueda de nuevos mercados para Latinoamérica ofreciéndose como un puente para las regiones más allá del estrecho de Cádiz. Un movimiento bastante inteligente pues España ofrece costos de transacción relativamente bajos con respecto a sus vecinos a la vez que las industrias y marcas latinoamericanas carecen de conocimiento en general, más allá de Europa. Pero nuevamente, el llamado del Rey Juan Carlos, se da para fortalecer un rol de servicios y no un rol de asiento productivo para los capitales latinoamericanos, fortaleciendo el mecanismo de desbalance productivo industrial del cual ya padece España y que hemos subrayado aquí.

Para analizar las relaciones de poder externas al continente es necesario observar progresivamente desde el siglo XVI la evolución de las relaciones comerciales y políticas entre las grandes potencias mundiales más influyentes en nuestra región. Se perfilan vistosamente Gran Bretaña y España en Europa desde el siglo XV y EE.UU. desde el siglo XIX hasta nuestros días. Es necesario entender el pasado inmediato al siglo XX para observar desde que punto de partida ocurren las interacciones comerciales que firman y entornan con seguridad, tratados a puerta cerrada, que desconocemos, sobre el futuro de nuestra región. Un estudio exhaustivo de este tema debería escudriñar al dedillo los archivos coloniales en Washington, Londres y Madrid.

La caída del imperio español comienza con la relativa pujanza de las otras monarquías marítimas del occidente europeo. Debilitan su predominancia desde el siglo XVI el reino de Los Países Bajos, que con su austeridad calvinista acumulan grandes riquezas, además de una alianza militar con Inglaterra, igualmente protestante, que también construye un poderío marítimo a la vez que desarrollo un sistema político más evolucionado y que termina con una revolución parlamentaria en 1688. Más adelante aparece Francia, con su gran extensión territorial y su privilegiada ubicación dentro de Europa, teniendo simultáneamente acceso al canal de la mancha (English Channel) al atlántico por sus costas occidentales y al mar mediterráneo por el sur. Aunque España continua siendo una potencia, aliada a los borbones desde el Rey Felipe VI (con la muerte de Carlos II y los tratados de Utrecht en 1713) ya a fines del siglo XVIII está claro que la gran disputa por el control de Europa se da entre las grandes potencias Inglaterra, que ya había anexado a Escocia, y la vastamente territorial Francia. Un gran imperio ingles estaba forjándose, aunque con altibajos en todo el mundo. Francia por su parte estaba por vivir su gran revolución, el evento más importante de la época pre capitalista y que anunciaba el inicio de la caída del feudalismo. Al otro lado del atlántico, y ante las calamidades impuestas por la mala administración de Londres, Estados Unidos se ha enfrascado mientras tanto en una revolución y guerra independentista de la cual sale victorioso, no sin muchas fracturas económicas y con una debilidad política importante. Un gran movimiento iluminista inunda las clases altas de Europa y América, inclusive las cortes imperiales de Austria – Hungría y Rusia son influenciadas al igual que algunos miembros de la nobleza francesa. Sin embargo España, pierde el rol protagónico que ostento durante varios siglos. A pesar de una invariable integridad territorial peninsular, y su posición privilegiada hacia los mares y océanos del mundo, el sistema político español no muestra progresos, las provincias se limitan a la producción agropecuaria, no se moderniza, como en el norte de Europa, con una mínima dosis de mecanización y manufacturas. Las cortes de los Borbones además, se enfrascan ciegamente en el emprendimiento del catolicismo romano. España se convierte en la principal aliada del vaticano, además que la continuidad de la inquisición y purificación etno-racial al expulsar a los judíos, y obligar la asimilación de árabes, judíos y gitanos que deciden no huir a América, constituyó el principal emprendimiento político durante varias décadas.

Ante la independencia de Estados Unidos, Francia, Inglaterra y España luchan por el control territorial de Louisiana, el flanco izquierdo del rio Mississippi y los territorios al norte del rio Ohio y Canadá, los grandes lagos. No se ha desatado aun la imparable expansión territorial de las ex colonias británicas, más tarde unidas por una constitución sin precedentes creada en 1787. La lucha por el control de las Antillas es el interés primario de las grandes potencias, sin embargo, también se enfrascan en algunas luchas por colonizar territorios, Buenos Aires fue tomado en algún momento por las tropas inglesas, y Francia logro imponer un emperador en México por algunos meses. La superioridad militar de Francia e Inglaterra las llevaron a una lucha similar en muchas otras regiones del mundo como la India y la Cochinchina. El mundo fue repartido a diestra y siniestra a la vez que se forjaban grandes imperios industriales a ambos lados del canal de la mancha. Las rutas marítimas europeas, comerciaban, dependiendo los acuerdos entre naciones, desde Portsmouth, en el oriente inglés, Nantes y Toulon, Vigo, Lisboa y Cádiz en el Atlántico. Las rutas orientaban casi siempre rumbo al sur oeste aprovechando la corriente oceánica. Las Antillas eran el área de acopio y espera de las flotillas europeas y preámbulo para las diferentes acciones a tomar. El Oro y la plata de América eran en gran parte empotrados hacia La Habana o Santo Domingo, o por el Rio de la Plata.

Mientras tanto en Estados Unidos se forjaba en la conquista del oeste, los pioneros en sus típicos vagones de caballería rudimentaria cargados de niños, hachas y azadones, sin saberlo, llevaban consigo en sus manos el futuro de la gran nación. Sin embargo, de momento una fuerza naviera norteamericana era impensable y su poderío militar también era cuestionable. Las batallas ganadas se daban solamente por disputas territoriales con Inglaterra, pero los ingleses llegaron en algunas ocasiones a trasgredir incluso el territorio más establecido de la costa este. Sin embargo, tan temprano como durante la administración de James Monroe 1 , comienza ya EE.UU. a disipar sus ansias imperiales, así en 1823 decreta su primera política exterior de larga duración, la famosa Doctrina Monroe. Mientras el país se estabilizaba políticamente florecía el crecimiento económico, al tiempo que su población pasaba de 3 millones en la independencia, a 7 millones en el cambio de siglo y a 15 millones al finalizar el primer tercio del siglo XIX (1830). Monroe, que participó desde las convenciones de ratificación independentista se perfilo como un gran estadista y líder político de envergadura. Al observar con interés las independencias de las repúblicas latinoamericanas, siendo presidente, Monroe ve una oportunidad para declararse en defensa de la propia emancipación continental en contra de las potencias europeas, probablemente como un evento que podría reforzar positivamente su propio proceso republicano – del cual se miraba aislado siendo la única república anti-monarquía en el mundo -. Francia para ese entonces ya había re-establecido al hermano de Louis XVI, Louis XVIII, del cual se desharía muy pronto en otra revolución. EE.UU. planea mantener alejadas a las potencias marítimas y debilitar la hegemonía de España en la región, que aún se presenta como un rival y declara la guerra con las repúblicas emancipadas. En este sentido Monroe proclama que

[…no tendrá ningún asunto que proseguir con las colonias existentes en jurisdicciones europeas y que EE.UU. se mantendría neutral en cualquier guerra independentista ], pero declara, sin embargo, que […cualquier ataque a las naciones de nueva independencia ya consolidada constituye una amenaza a la seguridad de la nación norteamericana ]. Y añade:

But with the governments who have declared their Independence …and whose Independence we have, on great consideration and on just principles, acknowledged, we could not view any interposition for the purpose of opresing them …[…]…by any European power in any other light than as the manifestation of an unfriendly disposition toward the United States.

Con estas palabras comenzaría la relación que subsecuentemente se deterioraría a niveles insospechables entre las naciones del continente americano hasta la creación de la OEA. EE.UU. ya había perfilado entonces la falta de capacidad administrativa en las colonias por parte de las potencias europeas, además de observar que estas habían llegado ya a un cierto nivel de madurez que les permitiría autogobernarse de la misma manera en que, tanto solo 45 años antes, lo habían hecho los herederos de los colonos de Plymouth, los famosos padres fundadores.

Manteniendo una tradicional política aislacionista con respecto a las continuas guerras europeas EE.UU. explica en su nueva política exterior que ese caso es distinto a lo que pudiera suceder en América, pues…

in regard to these continents [Europe and America], circunstances are eminently and conspicously different. It is imposible that the allied powers should extend their political system to either portion of either continents [EE.UU./L.A.] without endangering our peace and happiness; nor can anyone believe that our southern brethren, if left to themselves, would adopt it of their own accord…[…]… if we look to the comparative strength and resources of Spain (and Portugal) and those new governments, and their distance from each other, it must be obvious that she can never subdue them.

Los postulados de Monroe no son más que una declaración de guardia territorial en contraposición de Europa sobre las nuevas republicas americanas, en un momento en que EE.UU. materialmente y militarmente era incapaz de dominarlas ni tampoco de vencer a las potencias europeas si una intransigencia territorial hubiese tenido lugar. De hecho cuando Maximiliano invadió México por mando de Napoleon III de Francia y apoyado por sus tropas EE.UU. se movilizo discretamente de acuerdo a la historia mexicana, por un lado preocupado por un sistema monárquico impuesto muy cercanamente a su propio territorio y por otro ocupado mas bien en su propia expansión territorial al expensas de México. Benito Juárez no recibió el apoyo militar que EE.UU tanto aclama en su propia versión de los hechos.

En este enunciado Monroe, también hace nota de la gran diferencia en desarrollo y distancia que existe entre España y las ex colonias, y por ende su percibida incapacidad para subyugarlas si así lo deseara. Un elemento que seguirá siendo una constante hasta nuestros días y que es necesario recalcar fue remarcado desde los inicios de la nación norteamericana en tan importante documento como lo es la Política Monroe. Llegando a formar una población y territorios mayores, con grandes capacidades intelectuales y culturales en general América Latina se emancipa completamente de sus metrópolis.

Desde un punto de vista la gran nación americana, reconociéndose a sí misma como un nuevo actor de envergadura, da tímidamente sus primeros pasos en la política internacional. Sin embargo, estaba claro que su capacidad militar, sobre todo en cuanto a las fuerzas navales armadas, no era entonces comparable a la poderosa Inglaterra y ni a la de algunas otras naciones de Europa occidental. La política Monroe vendría a asechar las débiles republicas latinas nuevamente casi un siglo después en las manos de otro presidente norteamericano, Theodore Roosevelt, una vez ya establecido el potencial económico y productivo de EE.UU. Nadie podía saber, a ciencia cierta entonces, que en los próximos 60 años los Estados Unidos se convertirían en una gran potencia mundial. La industrialización avanzó a pasos agigantados en el noreste, y en Nueva Inglaterra en específico, así como avanzaron la conquista territorial y civilizatoria sobre el oeste en este mismo periodo llegando a apoderarse de toda la costa occidental, al mismo tiempo que derrotaba militarmente a México en este menester y se negociaba ya la compra de la gran Alaska a fines del siglo XIX. Las presiones por nuevos territorios fueron tan grandes que el pacifico no fue suficiente, Hawái y otras islas del pacifico fueron integradas a la unión. Por otro lado, la guerra con España respondió casi exclusivamente a esa sed de construcción imperial. Las aventuras anexionistas de los filibusteros como William Walker en Centroamérica también responden a ese nuevo empuje sin límites que en un inicio vivió la Unión, antes que callera en cuenta en el siglo XX de su nueva estrategia post colonialista como la primera potencia exclusivamente capitalista que el mundo haya visto. En consecuencia los intentos de agresión territorial de EE.UU. fueron relativamente fugaces en comparación a Francia o Inglaterra, un nuevo orden se oficializaría en la postguerra, un orden que entendería EE.UU. como su orden imperial, y que poco tenía que ver con el modelo metrópolis-colonia. Sin embargo en este periodo EE.UU. se anexiona por un buen tiempo a Las Filipinas españolas, donde todavía goza de privilegios, y se anexó completamente a Puerto Rico, que existe como un estado más de la unión hasta nuestros días.

De cualquier manera, durante el resto del siglo XIX Inglaterra dominará los mares y las relaciones comerciales de las nuevas republicas latinas. Comercializara con sus flotas mercantes los productos de extracción primaria del subcontinente y venderá en retorno los productos de las vibrantes nuevas industrias inglesas. Se establecerán embajadores ingleses en todas las repúblicas y regiones. Los bancos privados y públicos británicos se vuelven acreedores de las repúblicas y es el único centro acceso a capital inmediato. Además que una gran cantidad de habitantes británicos se asentaran y exploraran sus tierras en busca de recursos e investigaran sus capacidades de desarrollo como proveedores de futuras materias primas. El imperio inglés en su ocaso, cediendo el paso a EE.UU. dejaría esta región del mundo para nunca volver, al menos como ente protagónico. Se enfocaría más en sus excolonias y países de habla inglesa en África y Asia, sobre todo en lo que respecta la unidad de las tierras bajo el trono de la corte inglesa, Australia, Nueva Zelanda y Canadá, y claro está, la Commonwealth of Nations.

Lo ocurrido con Inglaterra ocurrirá con España y Francia, que encontrándose más enfocadas en las colonias de ultramar en África y Asia desde el siglo XIX, además de las dos grandes guerras mundiales que las destrozaron en el siglo XX, volverán a América Latina debilitadas en el último cuarto del siglo XX. Es así como la Doctrina Monroe se entendió extraoficialmente como una repartición del mundo como recompensa propia, ya que EE.UU. además observaba con impaciencia las preferencias que Europa occidental tenía sobre sus imperios coloniales en África y Asia, y su propia limitación a través de tasas arancelarias en esas regiones. Es importante resaltar que al igual que Italia y Alemania – estas también distraídas, al igual que EEUU, en menesteres territoriales -, EE.UU. nunca instaló instituciones de administración territorial de carácter colonial como lo habían hecho todas y cada una de las naciones de Europa Occidental, a través de las famosas compañías de indias 2 . A través de la política Monroe, América Latina se convierte inmediatamente en su único espacio de dominación total a partir del decaimiento de Inglaterra. Tal es la fuerza comercial de EE.UU. en la actualidad que hasta las mismas naciones aliadas de la OTAN rechazan emprender agresivamente movimientos comerciales con la región en manera concurrente con los Estados Unidos sin su autorización. Si bien Francia y Alemania, podrán entrar en la región con algunos productos industriales será Estados Unidos, el actor más poderoso, quien a su vez decide la disposición de los actores comerciales y sus interacciones negociadas en cada país, caso por caso, trayendo consigo a la mesa de negociaciones sus propios aliados europeos y asiáticos. Negociaciones de repartición de mercados que tendría lugar fuera de nuestras fronteras y sin necesariamente contar con la participación de negociadores de los gobiernos locales.

Los corolarios de Theodore Roosevelt de 1904 y 1905 compuestos cual sustitutos de la doctrina Monroe de un siglo antes conformaban elementos importantes dentro de los mensajes del Estado de la Unión de esos años. Redactado con un lenguaje más agresivo reflejando que EE.UU. se encontraba ya consciente que su crecimiento como nación agroindustrial y territorial lo perfilaban ya como una de las potencias más importantes de la época. Por primera vez EE.UU. ve en sus vecinos una fuente de energía y recursos importantes para sus propias industrias y por ende el desarrollo de sus propios negocios. Las inversiones en Cuba, Centroamérica, en México antes de la revolución de 1910 y el Caribe son sustanciales, las repúblicas bananeras se perfilan como los primeros experimentos de lo que sería en el futuro el modus operandi de la extracción capitalista norteamericana en el resto del mundo.

La advertencia y hasta cierto punto amenaza, enraizada en las aportaciones de Roosevelt a la Política Monroe, no hablándole a las potencias europeas como en la versión del siglo XIX, sino directamente a las naciones del hemisferio occidental, consignaba:

«… cronic wrong-doing or an impotence which results in a general loosening of the ties of civilized society…may force the United States however reluctantly… to the exercise of an international police power«.

Roosevelt, uno de los grandes presidentes de EE.UU. domino la política estadounidense como uno de los principales impulsadores del proyecto nacional de expansión económica y social. Liberal progresista por excelencia, dibujo los primeros mandos de un EE.UU. imperialista. A partir de entonces inaugura la política del gran garrote y la dominación por medio de la fuerza. Es así como en las próximas dos décadas se dieron una serie de intervenciones armadas donde fuese que acontecieran problemas de gobernabilidad o de esos llamados » lazos con la sociedad civilizada «. Los marines se desplazaban por las diferentes zonas invadiendo Haití, Honduras y otros países, el departamento de defensa de Estados Unidos flexionaba musculo frente a las repúblicas y sus antiguos verdugos. EE.UU., al igual que Alemania e Italia, se siente frustrado por necesitad territorial de control, un fenómeno que terminaría desocupándolo al llegar la gran crisis y la segunda guerra mundial, ambos eventos precedentes al nuevo gran orden mundial que disputaría solamente con la Unión Soviética.

En la gran repartición de los mercados en el contexto de postguerra EE.UU. introduce las diferentes instancias y escalas de producción y diversificación en el comercio, trae a Japón y Corea del Sur, así como hace de Taiwán una potencia comercial en Centroamérica. EE.UU. adoptaría su rol como patrón filtrador de todo lo que entra y sale de la región latinoamericana a manera de que esto no pueda afectar sus intereses. En Centroamérica y el caribe ejerce poder total sobre los procesos políticos internos de las pequeñas naciones. Solamente mente México podría auto-determinar sus relaciones comerciales durante las décadas posteriores a la revolución mexicana, y quien nuevamente subyugado a EE.UU. a partir de las grandes crisis de 1982 y 1994 procuraría su último lazo de orgullo. Eventualmente también Cuba se independizaría y sería el único país del continente con conexiones directas a todo el bloque soviético y sus satélites hasta nuestros días teniendo relaciones comerciales completamente fuera del área del hemisferio occidental en las primeras décadas de la revolución. En la actualidad los principales socios comerciales de Cuba se encuentran el continente americano pero continuo comercializando con sus antiguos socios del bloque socialista mundial. Aunque en las últimas décadas los países del Mercosur han iniciado una gran época de independencia económica ligando sus economías poco a poco con las de Asia (sobre todo ASEAN / China y Corea del Sur) y Europa independizando y dedicando menos de 20 % de sus relaciones comerciales import-export con EE.UU.

Después del fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945, EE.UU. dispone de una economía sólida e industrializada en parte por el mismo efecto industrializador de la guerra, al tiempo que cuenta con grandes reservas y surplus de productos alimenticios suficientes como para apoyar a sus socios europeos en los primeros años de escasez. La II Guerra Mundial deja a EE.UU como indiscutible potencia occidental, pero no absoluta, pues su falta de participación intervencionista en el resto del mundo le otorga un cierto nivel igualitario al de la Unión Soviética, que sin tener su nivel de desarrollo económico tiene una gran capacidad internacionalista contando con embajadores políticos en todos los países del mundo a través de la Comintern y los Partidos Comunistas, y no alineados de todo el mundo. El plan Marshall levanta a los países de Europa occidental, espacialmente por un lado, Francia, Inglaterra y Holanda, y por otro a los antiguos miembros del Eje Fascista, Alemania, Italia y Japón. Impone sobre estos últimos países un sistema de gobierno y control militar consonantes con el discurso político de la época, que en gran parte se ha mantenido hasta nuestros días. De alguna manera el Eje tiene en común con EE.UU. una historia anti – colonialista y fuertes elementos de positivismo centrista en la conformación de sus estados nacionales. En el transcurso de la guerra fría otros países como Taiwán y Corea del Sur pasaran a formar parte de los aliados más cercanos de EE.UU.. posicionando una especie de paraguas comerciales sobre América Latina, imponiendo la entrada privilegiada sobre nuestros mercados por parte de esas nuevas potencias industriales. En medio de ese paraguas EE.UU. se posiciona en el centro. La gran franja territorial de América Latina embulle sobre ella todo lo que pueda pasar con la aprobación de EE.UU. sobre nuestros mercados.

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De esta manera América Latina se ha posicionado en el mundo contemporáneo no solo como el patio trasero de EE.UU. embaucada en su propia zona de confort, sino que también se ha establecido culturalmente como la sección pobre de los países occidentales. Un destino parecido al de África Subsahariana pero con un elemento más fuerte de aislacionismo. Esto acontece al tiempo que las naciones del este europeo, árabes y de Asia central enfilan sus países hacia un mercado global intercambiando con Asia oriental y del sur y sirviendo de puente aéreo y marítimo hacia África, Norteamérica y Europa, al tiempo que las metrópolis asiáticas se convierten en las grandes sociedades pujantes del mundo. El renacimiento de Asia es un fenómeno que los medios de comunicación occidentales se han encargado de esconder al resto del mundo, pero es un fenómeno incontenible y la vez impresionante. Millones de asiáticos han salido de la pobreza en las últimas décadas, una nueva potencia se perfila en Malasia, y se une a los grandes polos industriales de Hong Kong, Singapur, Taiwán y Corea del Sur, al tiempo que Tailandia, Vietnam, la India, Indonesia y las Filipinas recomponen todo su sistema productivo modernizando y mecanizando su agricultura y estableciendo centros de industrialización de mediano desarrollo pero con un alto enraizamiento con las fuerzas productivas locales. Todo esto en consonancia con los grandes polos en China y Japón. En ese contexto América Latina queda relegada de estos menesteres mundiales, aislada. Sumergida en los pocos intercambios que tiene a través de alibaba la elite latina se conforma con evitar cualquier respuesta popular que pueda amenazar su control político sobre las pocas regalías que ese control otorga.

De alguna manera, el modelo de comercialización Cubana, se expande por todo el mundo y goza de una gran libertad de adquirir productos donde sea que le sea necesario. Muchos países, incluso aliados de EE.UU. se sienten atraídos por esa libertad en el manejo de las transacciones sin tener que pasar por la dura burocracia » extraoficial » de EE.UU. Sin embargo Cuba resultara dañada económicamente pues el costo de las transacciones en efectivo aumenta con el tiempo hasta que se abren nuevamente relaciones con los países de la región después del año 2000. Las relaciones comerciales que podría desarrollar América Latina si predominaran las observaciones de gobiernos independientes podrían favorecer las economías de las naciones en la región, sin embargo dada su inexperiencia se imponen el provincialismo y la visión excesivamente regionalista. El aislacionismo de América latina le ha costado caro sobre todo después de la segunda mitad del siglo XX.

Por un lado el provincialismo de la región, y que se debe a varios factores, pero que a primera vista despliegan las consecuencias del aislamiento geográfico, eventualidades históricas particulares, y la poca tecnología y capacidad de la región en las comunicaciones intercontinentales. Sobre la visión excesivamente regionalista se refiere a que al no ver una apertura de los mercados externos desde una visión global, la región se conforma con seguir manteniendo un fuerte lazo atado al mercado norteamericano y sus aliados, y también a las transacciones entre países vecinos inmediatos, ej. Mercosur, Comunidad Andina, Caricom, ALBA y Mercado Común Centroamericano. Por un lado, es absolutamente normal que las transacciones sean más intensas y voluminosas entre países vecinos, pero por otro no es saludable para ninguna economía mantener una raquítica cantidad y volumen transaccional con economías en otros continentes, sobre todo Asia y África.

La teoría de la Dependencia nos dice que existe una asimetría remarcada entre las transacciones de por un lado, materias primas, y por otro la recepción de maquinaria industrial de alto valor. Este mecanismo ha desgastado financieramente nuestra región en contraposición a los países centrales, y por otro lado de las grandes regiones rurales por parte de los centros urbanos. Al mismo tiempo la vastedad de los recursos disponibles favorece que la población aumentara exponencialmente y con ello junto a la disputas entre clases la pobreza. La región estaría próxima a ver su peor condición en su bicentenaria historia. Sin embargo esta teoría es relativamente fácil de concebir pues es lo que ha estado encarnado en las concepciones teóricas sociológicas latinoamericanas en las últimas décadas. El reto recae en estudiar las dinámicas y particularidades de las luchas de clases internas en cada nación. Es necesario estudiar en qué condiciones se dan las interacciones entre el capital y los trabajadores, qué condiciones particulares estas interacciones entregan para analizar la salida y las resoluciones dadas para cada caso.

Está claro que las razones de este aislamiento comercial recaen primeramente en la ausencia de gobiernos independientes a la dominación diplomática extranjera sobre todo occidental y su pertenencia a grupos de poder internacionales bien definidos y que no permiten espacios de liberación económica. Esto es el primer factor, sin embargo, también destacan sobre las otras naciones: La falta de conocimiento de otros idiomas, la falta de conocimiento sobre los recursos y atributos de todas las naciones del mundo, la falta de conocimiento de las culturas y relaciones entre esos países en otras regiones, la falta de conocimiento acumulado sobre historia universal y del comercio. Al abundar vecinos con características similares, en la imaginación latina todo país extranjero no requiere de un gran esfuerzo entender pues generalmente habla el mismo idioma, y en es en este sentido que los habitantes de la región caen en contradicción cuando entran en contacto con otras culturas del mundo.

Es obvio que desde el punto de vista mercantilista también es inusual unidireccionar las relaciones comerciales de cualquier nación. La diversificación es lo más recomendable en todos los casos. Sin embargo, se mantiene claro estas alianzas con socios estratégicos y preferenciales dados. Eso es indiscutible. Está claro que las relaciones de América Latina, pudieran ser direccionadas de una mejor manera para luchar contra el marcado protagonismo que ha adquirido a través de los años la creciente economía de EE.UU. y en casi todos los aspectos de la vida nacional de los países de la región. El presidente Chávez intento quebrar con este patrón entablando relaciones con Irán y fortaleciendo sus lazos con otras grandes economías de Asia sin embargo desconocemos la continuidad que Venezuela este dando en este sentido, se entiende que las transacciones con Asia son por ahora, a excepción de China, poco rentables, pero dejaran de serlo en el futuro cercano.

A pesar de las conclusiones de estos postulados no debe entenderse que el aislamiento artificial que ha sido impuesto sobre la región no es en sí una razón para la pobreza, pero si se muestra en nuestras condiciones como un elemento que promueve la explotación externa que a su vez promueve pobreza cuando se mezclan en coyuntura con los otros elementos que frenan el desarrollo económico de la región. El elemento del aislamiento artificial es una expresión de las condiciones internas, y la vez existe debido a condiciones desfavorables, pero no constituyen el principal elemento de nuestro subdesarrollo ni mucho menos. El caso del aislamiento de Australasia nos muestra que a pesar de la enorme distancia geográfica con sus aliados naturales, y a pesar de su rol como proveedor de materias primas Australia y Nueva Zelanda se han posicionado en los índices más altos de Desarrollo Humano (IDH) del mundo. ¿No es acaso que sus sociedades han prosperado a causa de un sistema político acorde a sus condiciones y también en el contexto del nacimiento de los estados de bienestar keynesianos occidentales? Y sobre todo a cierto modo de las relaciones internas en la lucha de clases que han mantenido a través de su historia.

El atraso latinoamericano recae, como ya se ha expuesto en otras instancias, en las derrotas temporales de la clase trabajadora por sobre la mínima intención de participación política en las decisiones de las repúblicas. Las fricciones internas entre ésta y el capital constituyen hoy en día el elemento clave de discordia, pues en las condiciones latinoamericanas como ha sido expresado por innumerables estudios prevalece un fuerte elemento de desigualdad sobre todo de clase e influenciado en algunas republicas por el elemento racial. Eso quiere decir que las herramientas de una clase para someter a otra son esencialmente superiores, aunque estén a punto de dejar de serlo, y la victoria de una sobre otra ha creado grandes distancias, por avaricia sobre los recursos naturales y financieros y con ello se ha perdido cualquier posibilidad de negociación para mejorar la situación de los pueblos, aunque ha habido avances cada vez que en alguna de estas republicas una nueva revolución entrega el poder a los pueblos resultando en beneficios sustanciales para las poblaciones populares de las demás. Esta situación está llagando a un cambio pues el desarrollo de por un lado, las fuerzas productivas locales amenaza con una ruptura del orden establecido, y por otro el agotamiento de las herramientas de dominación occidentales están llegando a ser coaptadas por la propia fuerza de los procesos internos, aunque aún haya mucho que avanzar en ese sentido tal y como lo apreciamos en el cuerpo principal de este capítulo.

En ese sentido se concluye que un extremadamente estructurado patrón de intervencionismo sobre el desarrollo económico de la región impuesto por capitales y gobiernos extranjeros responde a las discordias y antagonismos entre las clases en disputa al interno de cada república. La intervención externa es sobre todo el efecto y no una causa de la desventura de los pueblos al sur del rio bravo. Sin embargo, no debe dejar de estudiarse al detalle los elementos de estos procesos de extracción imperialista pues tiene un efecto reciproco por sobre los procesos políticos nacionales, ayudando, sin duda, a ralentizar la lucha de clases en favor del capital.

Notas

1 Fue presidente de EE.UU desde 1817 hasta 1825, uno de sus últimos presidentes que participó en la fundación de la nación republican; más conocidos como los padres fundadores .

2  GB West Indies Company, East Indies Company, FR Compagnie française des Indes orientales / occidentales, ES Casa de Contratación de Sevilla, Companhia do commércio da Índia , NL the United East Indian Company, etc.

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