Cuando Israel invoca su derecho a defenderse exige, de forma implícita, vía libre para perpetuar su pecado original: el acto ilegal de la ocupación y la aplicación de un castigo colectivo con licencia para matar
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«Hay armas estadounidenses utilizándose hoy, ahora mismo, en Gaza, para matar a civiles inocentes, en violación de la ley estadounidense”, señala el académico palestino-estadounidense Khalidi.
Desde que los hombres comenzaron a entender que no quedaba del todo bien y que además podría acarrearles alguna consecuencia, el ancestral ejercicio de arrasar pueblos enteros por su etnia, religión, pensamiento político, intereses geográficos o económicos o algún que otro etcétera más, por lo general estas actividades se practican en frondosas tinieblas alejadas de la opinión pública.
Quienes necesitaban que esos cuerpos decapitados fueran reales eran los que, mientras lanzaban el bulo, ponían en marcha una masacre contra el pueblo palestino en la que ya han asesinado a casi 500 niños.
Palestina existe y esa es una realidad negada.
El levantamiento dio comienzo en el aniversario de otro, que se había convertido en una revolución. La potencia ocupante tenía informantes por todo el gueto pero, a pesar de sus vastas redes de vigilancia y control, les pilló por sorpresa. Los que se sublevaron lo hicieron sobre todo con ingenio y armas caseras, pero compensaron lo mejor que pudieron la falta de recursos con valentía y una planificación brillante.
Si la UE muestra sin vergüenza su apoyo a Israel es porque se ve reflejada en la narrativa de una tierra a proteger ante los bárbaros. También comparte su pecado original, el colonialismo de hoy y de ayer.