Eduardo Camín

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Nuevas fuerzas están transformando el mundo del trabajo. La pandemia de la covid 19 tiene consecuencias sociales y políticas: se ha instalado una «virtualización de la vida humana» y del control social. El mundo, tal como lo conocíamos, se detuvo abruptamente a principios de 2020 y los gobiernos, informados por la ciencia, tuvieron que aplicar medidas drásticas para salvar vidas.

La Organización Mundial de Comercio (OMC) ha reiterado su preocupación sobre cuestiones comerciales relacionadas con la propagación de las enfermedades de origen animal e informado sobre los esfuerzos para garantizar un comercio seguro de animales y productos del reino animal, incluida la fauna silvestre.

Uno de los pocos aspectos positivos que podemos rescatar de estos tiempos difíciles es que se ha fortalecido nuestra comprensión de cuán inextricablemente está relacionado el medio ambiente con nuestras vidas cotidianas, incluido el mundo del trabajo.

Junto al escenario económico la pandemia tendría características que la transforman en una crisis sanitaria a escala global sin precedentes en la historia del último siglo, peor que la gran depresión de 1929 y que la Segunda Guerra Mundial.

El lenguaje es una de las herramientas usuales para interpretar y comprender la realidad. En nuestros días es habitual la utilización del lenguaje fingido, para controlar la forma de pensar o legitimar desigualdades. Y ciertas nociones o enunciados que surgen de un determinado contexto se convierten en claves para objetivar cuestiones hasta entonces no objetivadas.

Desde el comienzo de la pandemia, más del 70 por ciento de los jóvenes que estudian o compaginan sus estudios con trabajo se vieron afectados adversamente por el cierre de escuelas, universidades y centros de formación, revela un estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

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