Senegal vive un momento decisivo. El aplazamiento por diez meses de las elecciones presidenciales, previstas para el 25 de febrero, han hundido al país de la Teranga en la rabia y la indignación. En juego está el futuro del país, pieza central de un tablero regional que escapa a marchas forzadas de las lógicas neocoloniales impuestas por las antiguas metrópolis desde el día siguiente de las independencias.