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Detener la barbarie…

Fuentes: La Jornada de Oriente

Como en pocos momentos de su historia, el capital está en capacidad de destruir al mundo. El capitalismo ha dado al capital la capacidad suficiente como para acabar con las condiciones de supervivencia de la sociedad, logrando lo que parecía imposible; destruir el mundo sin necesidad de una guerra atómica. El cambio climático es la […]

Como en pocos momentos de su historia, el capital está en capacidad de destruir al mundo. El capitalismo ha dado al capital la capacidad suficiente como para acabar con las condiciones de supervivencia de la sociedad, logrando lo que parecía imposible; destruir el mundo sin necesidad de una guerra atómica. El cambio climático es la prueba fehaciente de esa capacidad destructiva, pero no es la única.

En una entrevista reciente, Noam Chomsky, lingüista estadounidense, recordó que hace 65 millones de años un asteroide chocó en la tierra poniendo fin al periodo de los dinosaurios y eliminando muchas otras especies. Hoy, concluye Chomsky, la humanidad ha alcanzado el mismo nivel de destrucción, y el capitalismo es el asteroide.

Es cierto, muchos pueblos, sobre todo los originarios asentados en distintas partes de América Latina, están tratando de frenar la marcha hacia la catástrofe, mientras el capitalismo, en su modalidad neoliberal, corteja activamente el desastre previsible y largamente anunciado; además, una producción y un consumo insustentables lo acercan peligrosamente; asimismo, los grupos privilegiados de la sociedad capitalista basada en el uso generalizado de energía fósil y una concepción del bienestar que predica la acumulación de objetos que satisfacen necesidades ficticias y prescindibles nos ha convertido en una sociedad inconsciente del daño que todo eso le hace a la naturaleza y se impide su derecho a existir sana y vigorosa.

La lucha en defensa de la naturaleza es hoy un combate más contra el capitalismo depredador, la demanda de construir una «Carta de los Derechos de la Naturaleza», es parte de las batallas contra las élites corporativas que deberán se derrotadas antes de que sigan ampliando su capacidad de acelerar el desastre ambiental que dañaría a toda la humanidad. Nada puede quitarnos la esperanza de construir una sociedad que no se reconozca separada de la naturaleza, sino parte de ella; de ahí que destruirla o atentar contra ella sea como destruirnos o atentar contra nosotros mismos.

Ciertamente no estamos en las mejores condiciones. El movimiento social, aunque vigoroso en algunos países de América Latina, vive en México una severa depresión que se expresa en su debilidad orgánica, dispersión y estancamiento. No se trata de una depresión profunda, aunque si de una depresión semipermanente, y estamos obligados a reconocer que de mantenerse la debilidad del movimiento social se seguirán alentando los crecientes niveles de desigualdad y pobreza en el país; a su vez, la presencia de la derecha en el gobierno le permitirá culminar sus anhelos privatizadores de la educación, la salud y los servicios universales como el agua, y sobre todo continuarán los proyectos de muerte que tanto seducen a los grandes capitales y que los gobernantes de derecha están tan dispuestos a entregar a las transnacionales a cambio de segurar su futuro personal, aunque hagan cada vez más inviable el Estado nacional.

El único camino posible para enfrentar esta situación es terminar con la atomización del movimiento social, fortalecer la unidad programática y la organización política del pueblo mexicano. Ojalá que las diferencias, que deben mantenerse y respetarse, dejen de ser el obstáculo mayor para alcanzar la unidad de las disminuidas fuerzas políticas que aspiran al cambio. El problema es mostrar frente a los esfuerzos del poder, empeñado en demostrar que «la vida es uno y su pantalla de televisión», que podemos unirnos y hacer las cosas juntos, formular ideas colectivas. Nuestra tarea es mostrar que no somos individuos cuyo único propósito es maximizar nuestro consumo, que hay otras preocupaciones en la vida que trascienden al futbol y que nuestra unidad puede ser sostenida en el tiempo y avanzar en nuevas direcciones, es decir, como concluye Chomsky: «Hay por ahí mucha leña dispersa que puede ser encendida».

Fuente: http://www.lajornadadeoriente.com.mx/2014/06/26/detener-la-barbarie/