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Costa Rica

Nuestos recursos humanos

Fuentes: Rebelión

¿Conoce Usted el número de costarricenses de buen nivel profesional que han emigrado hacia otros países más desarrollados que nosotros en busca de oportunidades? Se asombraría al conocer la cifra. Y no hablo de los que emigran porque buscan «trabajo» no calificado, sino de profesionales en los que el país invirtió bastante para desarrollar la […]

¿Conoce Usted el número de costarricenses de buen nivel profesional que han emigrado hacia otros países más desarrollados que nosotros en busca de oportunidades? Se asombraría al conocer la cifra. Y no hablo de los que emigran porque buscan «trabajo» no calificado, sino de profesionales en los que el país invirtió bastante para desarrollar la capacidad intelectual y técnica de estas personas, que al final deben marcharse porque no encuentran acá campos propicios para surgir.

Sin embargo, notamos cómo se estimula la llegada de empresas extranjeras que traen consigo a los profesionales del mismo nivel de los que se fueron. ¡Como que existe aquí algo contradictorio! O sea, no es que exista inopia, sino que las estructuras implementadas para la atracción de la inversión extranjera adolecen de algún componente que los obligue a utilizar la capacidad profesional local.

Pero existe algo peor que todo ello. Conozco casos, más de los que desearía conocer, de costarricenses colocados en estas empresas extranjeras que, al notar que un compañero descolla por su capacidad, hacen todo lo posible por entorpecerle su ascenso, a «serrucharle el piso» como decimos coloquialmente. Y cuando uno de éstos logra irse al extranjero, lleva consigo el resentimiento que nace del conocer la «manera de ser del Costarricense»: esa frasecita tan antipática que oculta la mediocridad, el egoísmo, la envidia con que muchos de los que nos quedamos acá vemos el triunfo de algunos compatriotas.

Si bien es cierto que la educación y la formación, en general, está bastante de ala caída en nuestro país, no faltan personas que por su inteligencia, disciplina y capacidad, no exenta de sacrificios, logran superar las debilidades de un sistema diseñado para crear mediocres, destacarse y luego de ensayar algunos esfuerzos, concluyen que lo mejor para sus capacidades intelectuales y profesionales es irse del país y buscar camino fuera.

Conozco muy de cerca muchos, muchísimos casos similares. Y ello me entristece, porque este hermoso país, que no apreciamos adecuadamente, merece un poco más de patriotismo y la protección de la inteligencia local, que sí la hay, no mucha, pero la hay.

Otra manifestación similar es la del por qué las personas más integras, inteligentes y preparadas no participan en política. Y tiene también razones que producen dolor a quienes observamos cómo el país se descompone inexorablemente, porque en los partidos políticos lo que generalmente uno encuentra son personas hábiles en el manipuleo, vivillos de profesión, y proclives a cualquiera de las manifestaciones de corrupción que conocemos.

Tal como están las cosas, participar en política implica mancharse con la inmundicia inherente a la perversidad de la corrupción, que además se viste de mediocridad, oportunismo, capacidad para inventarse toda clase de ocurrencias frente a los problemas que aquejan a la ciudadanía, ausencia de ética en el ejercicio de la función pública, y la defensa de intereses particulares, personales o gremiales. Nunca la protección del ciudadano.

De allí que quienes llegan a los altos cargos públicos, sea por elección o por designación, por lo general no son objeto de confianza por parte del pueblo. Son demasiadas y muy diversas las actuaciones delictivas o cuasi delictivas de muchos de ellos. Y quien tiene un poco de dignidad y decencia no la va a arriesgar juntándose con una banda de facinerosos.

Cuando escribía estas reflexiones se me ocurrió el título de «recursos humanos» no solamente porque se trata de eso, sino porque ahora les ha dado llamarlos «capital humano», a fin de hacerlo más frío y menos vinculante con las capacidades emocionales e intelectuales. Pero, en fin, ¿qué se puede esperar? Nos encanta copiar las modas que vienen de otras latitudes, sin detenerse tres segundos a reflexionar sobre la oportunidad, fundamentación y coherencia de las mismas.

Ello me recuerda cuando se puso de moda lo de la «reingeniería administrativa» y todo el mundo andaba alborotado con ello. Yo simplemente señalaba que era una mezcla de técnicas e instrumentos de la investigación administrativa, que no tenía nada de original, y fui objeto de burlas y críticas, para al final conocer una publicación de los mismos creadores, en la que reconocían abiertamente que no habían inventado nada, solamente habían cambiado el nombre para hacer popular algo que había sido abandonado por los profesionales de la administración. Hoy en día, solamente algún trasnochado utiliza el término.

Pues bien, estas dos reflexiones sobre nuestros «recursos humanos» de la mejor calidad nos demuestra cuán lejos estamos de llegar a un buen nivel de desarrollo.

Alfredo Macías Narro, en un artículo publicado en Septiembre del 2007, con el título de «La educación, rehén del neoliberalismo», señalaba algunas cosas interesantes que nos permitiría aclara el por qué de estas situaciones. Los efectos de la llamada «globalización» en el ámbito educativo son evidentes, pero antes de intentar profundizar un poco más en el tema, quizá sea conveniente precisar algunas cuestiones preliminares, por ejemplo, que los impulsores de la tal globalización son, fundamentalmente, los países capitalistas desarrollados, o mejor dicho, son las clases dominantes y el Estado fundado y operado por éstas en sus respectivas naciones, tanto individualmente, como organizadas en grupos de poder. Tal es el caso de los organismos financieros internacionales, como el Banco Mundial (BM) o el Fondo Monetario Internacional (FMI) que, auspiciados por los grandes capitales transnacionales, se han autoerigido en rectores de la economía mundial, sobre todo a partir de la caída de la antigua Unión Soviética y demás países socialistas que le servían como contrapeso, tanto en lo económico, como en lo político.

La visión de dominación mundial de cara al futuro (cercano y lejano) que los imperialistas, particularmente los norteamericanos, pretenden imponer al resto de las naciones y sus sociedades (incluyendo, desde luego, las propias) ha buscado y encontrado la manera de penetrar en lo más profundo de las estructuras sociales y económicas de los países, es decir, dominando los medios de producción en lo económico y los modos de intervención social, de los que la educación es un pilar fundamental. La educación, en tanto fenómeno social, dinámico y complejo, no puede entenderse al margen de los factores económicos, sociales, políticos, éticos y técnicos que lo determinan.

En tal sentido, la educación, o más propiamente dicho, el sistema educativo en su conjunto, exalta y promueve la generación de expectativas, para toda la sociedad y en nombre de ésta, cuando, en realidad, lo que promueve y exalta, es la visión que las clases dominantes tienen de sí mismas y de la misión que destinan para las clases dominadas, es decir, no sólo controlan los medios de producción y de distribución de los bienes de consumo (elementos económicos de dominación), sino que también controlan los productos del conocimiento social (elemento ideológico de dominación).

El ámbito educativo, en lo general, enfrenta múltiples asechanzas, como resultado de los cambios económicos, políticos y sociales de las recientes tres décadas que, han llevado a centrar el modo de vida de las sociedades «globalizadas», en el hiperconsumo, así como a la conversión generalizada, en mercancías, es decir, en objetos de intercambio monetarista, a todos los bienes y servicios, la explosiva aparición y masificación de las nuevas tecnologías y la liberalización de barreras arancelarias y aduanales de todo tipo. Una de tales trampas ha sido la creciente instrumentalización de la educación, puesta al servicio de la formación de los «recursos humanos». Esa función ha sido impuesta a la educación y, su origen, se encuentra en la mera visión reduccionista del trabajo, que le concibe como sólo un «recurso», o sea, nuevamente, como un objeto de intercambio, que es organizado, gestionado, evaluable, desclasificable, reciclable, y, muchas veces, desechable, en función de su utilidad para el mal llamado «sector productivo».

Como cualquier otro tipo de recurso, material o intangible, los «recursos humanos», están siendo concebidos como una mercancía económica, es decir, como un mero objeto de intercambio monetarista y que debe estar disponible, de manera permanente, en todas partes y en todo momento. No se tienen en cuenta, ni los derechos humanos, ni los derechos civiles, ni otros, sean éstos de índole política, social o cultural, siendo los únicos límites para su explotación, los de naturaleza financiera, es decir, sus costos.

Por ello, al cambiarle el nombre a «capital humano» están siendo consecuentes con esta visión. Y mientras tanto los niveles culturales y educativos descienden vertiginosamente en manos de una oferta controlada y una demanda no muy exigente.

Hay quienes se molestan cuando tratamos el tema desde este punto de vista, sobre todo aquellos que son profesores en universidades privadas locales. Y curiosamente denigran la formación que se recibe en las universidades públicas: de Costa Rica, Tecnológica y Nacional, cuando la realidad es otra totalmente en nuestro país. Excepciones guardadas, todos adolecen de los males señalados. Y lo importante, lo único importante, es identificar, reconocer y eliminar las políticas públicas que tienden a la debilidad de la educación, y no hacerse cómplice de la superficialidad de las carreras de la mayoría de las privadas.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.