“Cuando el hambre los obliga a ir a bellotas, no hay quien los convenza de que cometen un delito: las bellotas, dicen, las crían las encinas, y estas son hijas de la tierra, no las han plantado los propietarios de las fincas. Tan arraigada tienen los pobres esta idea que solo por la fuerza se someten” (Alberto Merino, El obrero del campo (1912)