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Fin del progresismo e inicio de una nueva fase de ascenso popular

Fuentes: Rebelión

El proyecto progresista que se inició a fines de la década de los 90 del siglo pasado, como respuesta al neoliberalismo, entró en una etapa de crisis y de agotamiento. Los últimos acontecimientos, como las derrotas electorales en Venezuela, Bolivia y Argentina, y el golpe parlamentario en Brasil así parecieran indicar. El progresismo latinoamericano logró […]


El proyecto progresista que se inició a fines de la década de los 90 del siglo pasado, como respuesta al neoliberalismo, entró en una etapa de crisis y de agotamiento. Los últimos acontecimientos, como las derrotas electorales en Venezuela, Bolivia y Argentina, y el golpe parlamentario en Brasil así parecieran indicar.

El progresismo latinoamericano logró conquistas sociales nunca antes experimentadas en la región. El fin del analfabetismo en Bolivia, la salida de 30 millones de personas de la pobreza en Brasil, avances sociales revolucionarios en Venezuela, aumento del empleo en la Argentina, por citar sólo algunas, son obras innegables de gobiernos progresistas, que jamás se podrían alcanzar en un régimen capitalista. Pero el modelo progresista hoy está en crisis.

Durante el gobierno de Fernando Lugo el Paraguay experimentó un crecimiento económico inusitado en el 2010, llegando al 15%, el mayor del mundo. Ese año las exportaciones de granos se dispararon a cifras gigantescas, y hasta la burguesía agraria empezaría a mirar con simpatía al obispo rojo.

La sartén por el mango

La no profundización del proceso y el rápido divorcio del campo popular fue el pecado progresista más grande; sus cuadros fueron seducidos y/o corrompidos por el poder; de luchadores sociales devinieron en burócratas del sistema. El pueblo por una parte y ellos por la otra, aislados de las masas y a expensas de la bestia, que hoy empieza a devorar lo poco que queda del sueño socialista.

El progresismo alcanzó resonantes triunfos electorales en el marco de la legalidad burguesa, tal como ya lo hiciera Salvador Allende en los 70. La «vía chilena» hacia el socialismo fue sepultada con un sangriento golpe militar, pero la experiencia actual está siendo derrotada pacíficamente por la vía electoral. El capitalismo ya no requiere de armas sino de votos.

La «institucionalidad burguesa» actuó como una camisa de fuerza durante todos estos años y finalmente está ahogando a las fuerzas progresistas del continente. El progresismo derrotó a los partidos capitalistas pero no al capitalismo. El capitalismo siempre controló la sartén por el mango.

Nuevo ciclo de ascenso popular

El progresismo nace como una respuesta del campo popular a los estragos neoliberales. Así, en medio del fuego del Caracazo surgirá Hugo Chávez, el kirchnerismo será la respuesta a la debacle menemista y Evo a la miseria que dejó tras su paso el vendaval capitalista. El progresismo (o el bolivarianismo) es parte integral de ese ascenso de masas que tendría su expresión más clara en la rebelión zapatista en enero de 1994. El ciclo progresista probablemente se está agotando, pero su correlato, el ascenso de masas, resurge con tonalidades diferentes, y tendrá posiblemente caracteres más dinámicos que hace 20 años. En Venezuela las masas organizadas se preparan para combatir un nuevo intento de golpe de Estado, mientras que el golpe parlamentario en Brasil ha generado una reacción popular despertando la solidaridad internacional como nunca antes. La culta Europa está siendo sacudida por movilizaciones populares, desde la península ibérica hasta el corazón de Francia. Y el imperio no se queda atrás, en el norte aparece la figura de Berni Sander, que enarbolando la bandera socialista, despierta la simpatía de los millones de descontentos norteamericanos que ya no creen en esa anciana dictadura bipartidista de demócratas y republicanos.

En los primeros años de los 90, apenas caía el muro de Berlín, decía Julio Santa Ana, que el fin de una utopía lleva a la aparición de una más radical. Los acontecimientos en el mundo parecen indicar que no vamos hacía el «fin de la historia» como profetizaba Fukuyama, sino hacia la reconstrucción de una utopía más radical que está poniendo en jaque al capitalismo de manera global.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.