Artículos
Mientras las olas de calor asfixian nuestras ciudades y los incendios devoran el mundo rural a un ritmo sin precedentes, asistimos a un espectáculo dantesco de indolencia colectiva, porque la situación actual no es solo una emergencia climática, es el resultado directo de una irresponsabilidad compartida y escandalosa. Las administraciones públicas miran hacia otro lado, los ciudadanos siguen con sus hábitos de consumo y negligencia, y los Acuerdos de la Cumbre de París permanecen archivados como una pieza de museo, incumplidos una y otra vez con total impunidad.
Hay artículos que informan, pero el que firman Kate Pickett, Robert Costanza y siete colegas más, es una petición de auxilio escrita con datos, con evidencia, con la desesperación contenida de quien ve el reloj acercarse a medianoche y decide, por fin, decir la verdad en voz alta.
La crisis ecológica no es un accidente, no es un fallo técnico, no es una desgracia que nos cayó del cielo. Es el resultado calculado, deliberado y perfectamente orquestado de un sistema que necesita destruir la vida para seguir acumulando riqueza en manos de unos pocos.
La ola de incendios que asolan amplios territorios no puede seguir tratándose como una sucesión de tragedias inevitables, ni como un problema exclusivamente meteorológico, ni como la consecuencia de unas cuantas conductas individuales irresponsables. Lo que arde no es solo monte: arde, sobre todo, un modelo de país que ha tolerado durante años el abandono rural, la acumulación de combustible forestal, la falta de ordenación territorial y una inversión claramente insuficiente en prevención. La emergencia es real, pero también lo es la responsabilidad política.
La energía nuclear presenta riesgos acumulativos para la salud y la seguridad que la convierten en una opción problemática en un contexto de emergencia climática donde existen alternativas renovables más seguras, baratas y rápidas de desplegar.
Hubo un tiempo en el que el ser humano miraba sus manos y veía en ellas el origen del mundo, el artesano tenía una idea en su mente y, con habilidad y esfuerzo, la convertía en materia. Hoy, de esos tiempos sobreviven ruinas. En la silenciosa y fría lógica del capitalismo, hemos sido despojados de nuestro lugar como creadores para ser relegados a la categoría de meros accesorios; engranajes de carne y hueso al servicio de una maquinaria que ya no nos pertenece.


