Con la confirmación de que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, fue derrotado por el presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, existe la sensación de que ha llegado un momento peligroso y delicado para el Estrecho de Taiwán.
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Desde hace medio siglo son malos tiempos para los inmigrantes, y probablemente, sean aún peores los que vendrán después de la pandemia. Esta enfermedad les inmoviliza y descapitaliza, y, según los primeros datos recabados por la OCDE, sus tasas de contagio y de mortalidad, superan a las de los autóctonos. Las enfermedades infecciosas, como demostró Mackeown, hacen más daño a los más vulnerables (OECD, 9-10-2020).
En buena parte de la sociedad china siempre ha existido una cierta admiración por “Meiguó”, los Estados Unidos, literalmente “país hermoso”. Incluso entre las élites se puede hablar de una especie de sana envidia hacia el poder y el desarrollo de dicho país. El viaje que Deng Xiaoping realizó a EEUU en enero de 1979, en plena guerra fría con la URSS, fue decisivo para certificar el sentido inicial de la reforma y apertura que China iniciaba entonces para dejar atrás el maoísmo.
Sobre la Asociación económica que acaba de crear China y su relación con la administración Biden.
Al bloquear las cuentas de Donald Trump, los gigantes tecnológicos «ha dejado claro que ya no están satisfechos con un mero monopolio sobre una de las pocas industrias rentables» en el país, sostiene una experta.
La presidenta Tsai Ing-wen aprovechó el viernes 1 su discurso del Año Nuevo del 2021 para alabar la respuesta exitosa de Taiwán a la pandemia de COVID-19 y destacó que dicho éxito ha concedido una creciente importancia a Taiwán en el escenario internacional.
El director general de Pfizer, Albert Bourla, elogió recientemente a las «casi 44.000 personas que, generosamente, levantaron la mano para participar en nuestras pruebas».
Desde que el obispo Bergoglio asumió el pontificado de la Iglesia católica muchos le observamos y escuchamos con esperanza, conteniendo a la vez la respiración. En momentos en que el mundo entero se llena de voces broncas que rezuman odio y agresividad, exhiben matonismo y desprecio, niegan las evidencias de las amenazas y parecen regodearse en perspectivas de autodestrucción, resulta balsámico oír la voz del Papa que se reconoce en Francisco de Asís.
Las vacunas no garantizan la erradicación de enfermedades infecciosas, advierten los especialistas.