Tras el inicio de la violencia étnica-religiosa del pasado 3 de mayo en el estado indio de Manipur entre las tribus meiteis (hindúes) y los kukis y nagas (cristianos), que dejaron al menos 140 muertos, más de 500 heridos y cerca de 80.000 desplazados, además de la destrucción y el saqueo de miles de viviendas, locales comerciales y edificios públicos, así como la quema de cientos de vehículos particulares y oficiales, docenas de iglesias y madires o devasthana (templos hindúes) –lo que ratificó el carácter profundamente sectario de la crisis-, si bien parece que fue desactivada, permanece en un peligroso estado latente. El pasado domingo día 2 en una aldea kuki, en el distrito de Churachandpur, fue decapitado un hombre y otros tres ejecutados con disparos sin que hasta ahora se conozcan las consecuencias del hecho y si el crimen se enmarca en el contexto de la crisis reciente.