Si Chile necesita a Washington y a Beijing, pero ninguno de los dos puede ser dueño de nuestro destino, si nuestras élites necesitan del Estado mientras hablan permanentemente de reducirlo, si el Gobierno necesita mostrar fuerza porque el consenso no alcanza, si la seguridad se convierte en la principal forma de demostrar autoridad mientras persisten problemas materiales que la coerción no resuelve, si el capital se beneficia del modelo pero no constituye un bloque homogéneo, entonces lo que tenemos delante no es un tablero estable, sino una disputa abierta por su reorganización.