Cuando un líder religioso traiciona sus dogmas, cometiendo graves inmoralidades, hay quienes tratan de defenderlo culpando al diablo, y así, evitar que la feligresía pierda la fe en la iglesia. Similarmente, suele suceder cuando un líder político traiciona los ideales de su partido cediendo ante sus enemigos. Si este fuese el caso del presidente Castillo, no bastaría culpar solo al demonio de la derecha para evitar que la feligresía, pierda la fe ideológica. Veamos.